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Full text of "El pato salvaje : drama en cinco actos"

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in2013 



http://archive.org/details/elpatosalvajedra2671ibse 




AÑO VII 14 - XI - 1931 



NÚM. 321 



PERSONAJES 

Werlé, fabricante ; Gregorio, su hijo ; Ekdal, Hialmar, su 
hijo ; Gina, esposa de Hialmar ; Eduvigis, su hija ; señora 
Soerby, Relling, médico ; Molvick, estudiante ; Graberg, 
empleado de Werlé ; Petersen, criado de Werlé ; Jansen, 
otro criado; Caballero /.°. Caballero 2.°, Caballero 3.°, 
Invitados, Criados. 



ACTO PRIMERO 



Lujoso gabinete en casa de Werlé. Estanterías repletas de libros. En 
el centro, una mesa de oficina cargada de papeles y registros. El salón 
está alumbrado por lámparas con pantallas verdes. La puerta del fondo, 
abierta y con los cortinajes levantados, permite ver un salón ricamente 
amueblado y con iluminación espléndida. A la derecha una puerta que 
da a las oficinas. A ía izquierda una chimenea cou lumbre. Más hacia 
el fondo, otra puerta de dos hojas que conduce al comedor. 

(Petersen, con librea, y Jensen, de frac, arre- 
glan el gabinete. En el salón del fondo dos o tres 
criados preparan los muebles y encienden las bu- 
jías. En el comedor hablan y ríen. Alguien gol- 
pea un vaso con un cuchillo. Cesa el ruido y se 
oye un brindis que es acogido con aplausos, em- 
pezando de nuevo el rumor de las conversa- 
ciones.) 

PETER. (Encendiendo una lámpara que luego coloca so- 
bre la chimenea.) Oye, jensen ; ¿no es ei viejo 
el que brinda por la señora Soerby? 

JENSEN (Acercando un sillón.) ¿Es cierto lo que se mur- 
mura? ¿Hay algo entre la señora Soerby y el 
señor? 

PETER. Podría ser. 

JENSEN Paréoeme que en su juventud fué un caiaverón. 

PETER. Es posible. 

JENSEN Dícese que da esta comida en honor de su hijo. 

PETER. Sí ; regresó ayer. 

JENSEN No sabía yo que el señor Werié tuviese un hijo. 

PETER. Sí, lo tiene, y dirige desde hace muchos años las 
Mbricas de Eydal. Yo no le había visto nunca 
por esta casa, y soy viejo en ella. 

CRIADO (Entrando por la puerta del salón.) Petersen, un 
señcr pregunta... 

PETER. (Entre dientes.) ¿Quién diablo será a estas ho- 



4. ENRIQUE IBSEN 

ras? (Entra Ekdal. Saliéndole al encuentro.) ¡ Ah ! 
¿Es usted? ¿Qué desea? 

EKDAL (Desde la puerta.) Es indispensable que entre 
en la oficina. 

PETER.. Hace una hora que está cerrada y... 

EKDAL Ya me lo han dicho ; pero Graberg está aiín allí. 
Sea usted amable, Petersen ; déjeme pasar. (In- 
dicando con el dedo la puerta de escape de la 
derecha.) Sé que í« entra por ahí. 

PETER. Bueno, bueno, pase usted. (Abre la puerta.) Pe- 
ro salga por la otra puerta, porque hoy tenemos 
convidados. 

EKDAL Muchas gracias, amigo Petersen. (Entre dien- 
tes.) i Mamarracho ! (Entra en la oficina. Peter- 
sen cierra la puerta tras él.) 

jENSEN ¿Es un empleado de las oficinas ese señor? 

PETER. No. Únicamente copia en los días de trabajo. 
Pero hace años era otra cosa el señor Ekdal. 

JENSEN No parece un cualquiera. 

PETER. ¡ Ya lo creo ! Era capitán. 

jENSEN ¿De veras? 

PETER. De veras. Pero quiso comerciar en maderas o 
cosa así, y entonces, segn dicen, le hizo una 
jugada de mala ley a mi amo. Estaban asociados 
para la explotación de las selvas de Heydal. ¡ Oh ! 
Leconozco bien al pobre Ekdal. Algunos bitters 
y bastantes bocks hemos tomado juntos en casa 
de la señora Eriksen. 

JENSEN Pero ahora no tendrá el bolsillo para juergas. 

PETER. ¡ Quiá ! Yo le obsequio alguna vez. Hay que ser 
amable con un hombre así, abatido por la des- 
gracia. 

JENSEN ¿Se arruinó? 

PETER. Peor que eso ; estuvo en la cárcel. 

jENSEN I En la cárcel! 

PETER. Sí. (Escuchando.) \ Psch ! ¡ Ya vienen. 

(Dos criados abren la puerta del comedor. Apare- 
ce la señora Soerby, conversando con dos caba- 
lleros, y en seguida los convidados, entre ellos 
Werlé, Gregorio e Hialmar.) 

SOER. (A Petersen.) Que nos sirvan el café en la sala 
de conciertos. 



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Hclü 



EL PATO SALVAJE 



PETER. Está bien, señora. (La señora Soerby y los dos 
caballeros que la acompañan atraviesan la esce- 
na y salen por la puerta del fondo, torciendo a 
la derecha. Los criados vanse por el mismo ca- 
mino.) 

CAB. \.° (Al segundo.) ¡Qué comida, amigo; qué co- 
mida ! 

CAB. 2.° Con un poco de buena voluntad, es increíble lo 
que uno llega a engullir en tres horas. 

CAB. 1.° Sí; pero al fin y al cabo, querido chambelán, al 
fin y al cabo... 

CAB. 3.° Creo que tratan de darnos el café y los licores 
en el gabinete del piano. 

CAB. 1.'' Mejor que meior. Es posible que la señora Soer- 
by nos obsequie también tocando alguna cosilla. 

CAB. 2.° (A media voz.) Sabe Dios cómo pensará obse- 
quiarnos la señora Soerby. 

CAB. \.° De todos modos, no se trata de jugarnos una 
mala partida. Berta no hará nunca semejante cosa 
a sus amigos de otros tiempos. (Salen riendo por 
la puerta del fondo.) 

WERLE (A media voz y preocuvado.) Creo que nadie ha 
reparado en él, ¿verdad, Gregorio? 

OREO. (Mirándole extrañado.) ¿En quién? 

WERLE ¿Tampoco tú le has visto pasar? 

GREG. Pero ¿a quién? 

WERLE Eramos en la mesa ¡ trece ! 

GREG. ¿Eramos trece? 

WERLE (Lanzando una mirada a Hialmar.) Sí, y siempre 
fuimos doce. (A los convidados.) Tengan la bon- 
dad de pasar, señores. (Salen todos por la puer- 
ta del fondo, menos Hialmar y Gregorio.) 

HIAL. (Que ha oído las últimas palabras de Werlé. ) 
No debiste invitarme, Gregorio. Yo molesto aquí. 

GREG. ¡Cómo! ¿Una fiesta celebrada en obsequio mío, 
y no voy a tener a mi lado al amigo que más 
quiero? 

HIAL. A tu padre no le gusta verme. 

GREG. Ya lo sé. Pero yo quisiera verte y hablarte, por- 
que pronto volveré a la montaña. He estado sin 
verte dieciséis o diecisiete años. 

HIAL. En efecto, ha pasado bastante tiempo. 



6 ENRIQUE IBSEN 

GREG. ¿Y cómo te va? Haces; buena cara y estás casi 
grueso. 

HIAL. Hombre, creo que no eres exacto. Di que mi 
aspecto es más viril, 

GREG. Quizá sea así. De todos modos, tu físico no ha 
venido a menos. 

HIAL. (Con voz sombría.) Pero moralmente, amigo, te 
juro que he cambiado por completo. Estarás, sin 
duda, al corriente de la catástrofe que nos so- 
brevino. 

GREG. (Bajando la voz.) ¿Y qué hace ahora tu padre? 

HIAL. ¡ Ay, querido! ¿A qué hablar de esto? El des- 
dichado vive conmigo. Claro está ; soy su único 
apoyo. Pero es éste 11 n íem.a para mí doloroso. 
Hablemos de ti. ¿Qué haces en la fábrica? 

GREG. Me complazco en mi soledad. Allí puedo refle- 
xionar a mis anchas. Ven ; aquí estaremos me- 
jor. (Siéntase cerca de la chimenea.) 

HIAL. (Con emoción.) Gracias, Greí^orio. Te debo ya 
la atención de haberme sentado a la mesa de tu 
padre, lo cual me prueba que no me desprecias. 

GREG. (Extrañado.) ¿Pero qué significa esto? ¿Por qué 
me hablas así? 

HIAL. No sé, pero parecía que me habías olvidado en 
los primeros años. 

GREG. ¿De qué años hablas? 

HIAL. De los que inmediatamente siguieron al desas- 
tre... i Es natural!... Por poco se compromete 
también tu padre en aquellos horrores. 

GREG. Pero ¿qué te ha inducido a creer que yo te 
había olvidado? 

HIAL. Tu mismo padre me lo dijo. 

GREG. (Con sobresalto.) ¡Mi padre! j Ah, ya! ¿Y por 
eso no has dado señales de vida en tanto tiempo? 

HIAL. Por eso. 

GREG. ¿Ni siquiera cuando decidiste hacerte fotógrafo? 

HIAL. fu padre me aconsejó que era mejor no decirte 
nada. 

GREG. (Mirándole fijamente.) Pues bien ; puede que 
tuviese razón. Pero dime, Hialmar : ¿estás sa- 
tisfecho de tu suerte? 



EL PATO SALVAJE 



HIAL. (Suspirando.) ¿Qué quieres que te diga? Al prin- 
cipio todo me parecía extraño, i Era tan dife- 
rente aquello de cuanto había conocido !... Pero 
¿qué quedaba del pasado? Las ruinas acumuladas 
por el desastre de mi padre, la vergüenza..., el 
oprobio... ¡ Ah, Gregorio! 

GREG. (Conmovido.) Sí, sí, comprendo. 

HIAL. Hube de renunciar a continuar mis estudios. Nos 
quedamos sin recursos... ¡Debíamos tanto!... A 
tu padre sobre todo... 

GREG. Sigue... 

HIAL. Entonces me pareció que lo mejor era cortar 
por lo sano. Y con los consejos y eficaz ayuda 
de tu padre... 

GREG. ¿De veras hizo eso? 

HIAL. ¿Acaso lo ignorabas? ¿Cómo, sin este auxilio, 
explicarías que hubiese podido aprender el ofi- 
cio de fotógrafo y montar un taller ; establecer- 
me, en una palabra? ¡Todo eso cuesta dinero! 

GREG. ¿Y mi padre te lo prestó? 

HIAL. Sí, amigo. Pero me extraña que no estés ente- 
rado de ello. Creía que te lo había escrito. 

GREG. Nunca me escribió tal cosa. Por otra parte, nues- 
tra correspondencia es puramente comercial. Mi 
padre es así. 

HIAL. Pues sí ; era él quien me favorecía y, sin em- 
bargo, ha procurado siempre que todo el mundo 
lo ignorase. A él debo, además, el haber podido 
casarme. ¿Ignorabas también eso? 

GREG. ¿Cómo quieres que lo sepa? (Sujetándole el 
brazo.) ¡ Ay, querido Hialmar, qué consuelo es 
para mi corazón todo lo que acabas de decirme ! 
Quizás he sido injusto con mi padre al creerlo 
sin conciencia ; pero su conducta contigo me 
prueba que la tiene. 

HIAL. ¿Has dicho conciencia? 

GREG. Sí. Nunca podrás imaginarte el gozo que he ex- 
perimentado al enterarme de esto. (Pausa.) ¿De 
manera que te has casado, amigo Hialmar? Yo 
no puedo decir otro tanto. ¿Y eres dichoáo? 

HIAL. Sí, por cierto. Mi mujer no deja nada que de- 



ENRIQUE IBSEN 



GREG. 
HIAL. 



GREG. 

HIAL. 

GREG. 

H!AL. 

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GREG. 

HIAL. 



GREG. 



HIAL. 



GREG. 
HIAL. 



GREG. 
HIAL. 

GREG. 



scar. Es hacendosa, buena y no enteramente sin 
educación. 

(Un poco extrañado.) Hombre, lo presumo. 
Porque, mira, la vida es una escuela. Con mi 
tacto cotidiano..,, relacionándonos con gentes de 
mérito... En fin, te aseguro que no reconocerás 
a Gina. 
¿Gina? 

Sí, Gina. ¿No te acuerdas que se llama así? 
¿Pero de qué Gina hablas? 
¿La has olvidado? Sirvió en esta casa. 
(Mirándole.) ¿Gina Hansen? 
En efecto, la misma. 

¿Nuestra ama de llaves durante la última en- 
fermedad de mi madre? 

Sí ; pero vamos a ver, querido Gregorio, estoy 
seguro de que tu padre te notificó mi casa- 
miento. 

(Levantándose.) Efectivamente, me lo escribió ; 
pero no me dijo... (Paseándose inquieto.) Sí, sí ; 
aguarda un poco ; creo que al fin me acuerdo. 
i Pero las cartas de mi padre son tan lacónicas ! 
(Sentándose en el brazo del sillón.) Oye, Hiál- 
mar... Es curioso. Dime. ¿Cómo conociste a Gi- 
na..., tu mujer? 

Pues verás. La casa, con motivo de la enfer- 
medad de tu madre, era un desbarajuste. Gina, 
como comprenderás, no podía permanecer más 
tiempo en ella, y en consecuencia, abondonó el 
servicio. Esto pasaba el año antes de la muerte 
de tu madre... o quizá en el mismo. 
Sí ; era el mismo año en que murió. A la sazón 
estaba yo en la fábrica. Pero continúa. 
Gina se fué a vivir entonces con su madre, mu- 
jer emprendedora y activa. Esta tenía una es- 
pecie de fonda, junto a la cual había un cuarto 
para alquilar, elegante y bien amueblado. 
¿Y tú, por casualidad, lo alquilaste? 
Sí. Por cierto que fué también por consejo de 
tu padre. Y allí fué donde conocí a Gina. 
Y se verificó el matrimonio. 



EL PATO SALVAJE 



GREG. 



HIAL. 



w 



GREG. 
HIAL. 

GREG. 

HIAL. 



SOER. 



HIAL. Pues claro está ; entre una pareja joven no tarda 
en surgir el amor. 

(Levantándose y volviendo a pasearse.) Y, dime : 
¿fué después de tu boda cuando mi padre te 
propuso que te hicieras fotógrafo? 
Justamente. Quise tomar estado y establecerme 
cuanto antes. Tu padre y yo convenimos en que 
la fotografía era lo mejor y lo más fácil. Ade- 
más, mi mujer conocía el arte del retoque, y era 
del mismo parecer. 
i Feliz casualidad ! 

(Levantándose satisfecho.) ¿No es verdad, ami- 
go, que esta casualidad tiene algo de maravillosa? 
¡ Ya lo creo ! Pero mi padre ha sido la Provi- 
dencia para ti. 

(Enternecido.) \ No abandonó al hijo de su des- 
dichado amigo ! Gregorio, tu padre es un noble 
corazón. 

(Entrando del brazo de Werlé.) No admito pro- 
testa alguna, querido amigo. La excesiva luz de 
la estancia le fatiga a usted la vista. 

WERLE (Abandonando el brazo de la señora Soerby y 
pasándose la mano por los ojos.) Creo que 
tiene usted razón, amiga. (Petersen y Jensen en- 
tran con bandejas.) 

SOER. (A los invitados que quedan en la otra sala ) 
Entren ustedes, señores. Si desean un vaso de 
ponche, tómense la molestia de acercarse. 

CAB. 1.** (Acercándose a la señora Soerby.) ¿Es posib'e, 
señora, que haya usted atentado al derecho in- 
nato de fumar? 

SOER. Sí, señor chambelán. Este vicio está proscrito eit 
los estados del señor Werlé. 

CAB. 2.° ¿Y de cuándo data tan tiránica prohibición? 

SOER, Óe la última com.ida, en la que ciertas gente? 
llegaron al colmo del abuso. 

CAB. 2.° Y esta prohibición ¿es absoluta? 

SOER. Absolutísima, caballero. (La mayor parte de los 
convidados entran y toman el ponche, que los 
criados ofrecen.) 

WERLE (A Hialmar, quien, distanciado de todos, mira un. 
álbum.) ¿Qué hace u§t^d aquí, Ekdal? 



i. 



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ENRIQUE IBSEN 



HIAL. Miro este álbum. 

CAB. 2.° (Paseándose.) Si es de fotografías, debe de in 
teresarle a usted. 

CAB. 1.° (Desde la butaca en que se ha sentado.) ¿Lleva 
usted algunas en el bolsillo? 

HIAL. No, señor. 

CAB. 2.° Es lástima ; se pasa un : 7.no muy agradable, sen- 
tado ahí, en un mueb'c cómodo, viendo foto- 
grafías. 

CAB. 1.° Y proporciona motivos de conversación. (Siguen 
hablando.) 

GREG. (Bajo, a Hialmar.) Convendría que dijeras aifro 
en la conversación. 

HIAL. (Con indiferencia.) ¿De nué quieres que hable? 

GRAB. (Asomándose a la puerta de escape.) Dispense 
usted, señor Werlé ; pero estoy aquí encerrado. 

WERLE Se repiten con frecuencia estos descuidos. 

GRAB. El ordenanza se ha llevado las llaves y no puedo 
salir por la otra puerta. 

WERLE bueno ; pase por aquí. 

GRAB. Somos dos. 

WERLE Pasen, y de prisa los que sean. (Graberg y el 
anciano Ekdal salen de las oficinas.) 

WERLE (Disgustado.) ¡ Uf ! (Las risas burlonas y los 
cuchicheos propáganse entre los convidados a me- 
dida que observan a Ekdal. Hialmar se extre- 
mece al ver a su padre, volviendo la cabeza bajo 
pretexto de dejar el vaso en la repisa de la chi- 
menea.) 

EKDAL (Con timidez saluda, inclinando la cabeza y mas- 
cullando las palabras.) Dispensen ustedes... La 
puerta estaba cerrada... /Sale con Graberg por 
la puerta del fondo.) 

WERLE (Entre dientes.) ¡ Maldito Graberg ! 

GREG. (Ha quedado absorto y con la boca abierta. Lue- 
go dice a Hialmar.) ¿No estaba, sin embargo,..? 

CAB. 1.° fiQué ha pasado? .^Quiénes son esos? 

GREG. No sé. 

CAB. 3.° (A Hialmar.) ¿Conoce usted a ese individuo? 

HIAL. No he reparado en él. 

CAB. \.° (Levantándose.) Pero ¿qué diablos ha sucedido? 



IL PATO SALVAJE 



SOER. 

PETER 

GREG. 

HIAL. 

GREG. 

HIAL. 



CAB. 2 



HIAL. 
CAB. 1 



HIAL. 

CAB. 1 
HIAL. 



GREG. 
HIAL. 
GREG. 
HIAL. 



SOER. 

HIAL. 
SOER. 
HIAL. 
SOER. 
HIAL. 



SOER. 



(Se acerca a un grupo de invitados que hablan 
en voz baja.) 

(A Petersen.) Déle usted algún dulce. 
(Inclinándose.) Bien, señora. 
(Emocionado, a Hialmar.) ¿De modo que era él? 
¿Cómo quieres que...? 
¡ Negar a tu padre !... 

(Con dolor.) ¡ Ah, si estuvieras en mi lugar ! 
(Los invitados, que hablan bajo, gritan ahora afec- 
tadamente.) 

° (Acercándose a Hialmar y a Gregorio con ama- 
bilidad.) Parece que vuelven los antiguos tiem- 
pos de la Universidad, ¿eh? ¿Quiere fumar, 
señor Ekdal? ¡ Ah ! No me acordaba. ¡ Si está 
prohibido ! 
Muchas gracias ; no acostumbro. 

° ¿No podría usted, Hialmar, recitarnos alguna 
linda poesía? Recuerdo que declamaba usted ad- 
mirablemente. 

Sí ; pero por desgracia no me acuerdo ya de 
nada. 

° Es una verdadera lástima. (Se aparta del grupo.) 
Con voz sombría, a Gregorio.) Ya has visto, Gre- 
gorio, lo que es la desgracia. (Pausa.) Saluda a 
tu padre ; me voy. 
¿Vas a tu casa? 
Sí. ¿Por qué me lo preguntas? 
Porque quizá dentro de poco vaya a verte. 
No, no vayas. Mi casa es triste y pobre, y aun 
te lo parecería más después de la brillante fiesta 
que acaba de verificarse aquí. Podemos reunir- 
nos en cualquier otro sitio. 

(Acercándose, y en voz baja a Hialmar.) ¿Se 
marcha usted? 
Sí, señora. 
Recuerdos a Gina. 
Gracias. 

Dígala que iré a verla uno de estos días. 
Será usted cordialmente recibida. (A Gregorio.) 
No te muevas. Quiero desaparecer sin llamar 
la atención. (Lentamente sale por el fondo.) 
(A Petersen que entra.) ¿Dio usted algo al viejo? 



12 



ENRIQUE IBSEN 



SOER. 

CONVI. 



GREG. 



PETER. Una botella de coñac. 

SOER. Paréceme que hubiera podido encontrarse cosa 
mejor. 

PETER. Es lo que más le gusta. 

CAB. 1.° (Desde la puerta y con un cuaderno de música 
en la mano.) ,i Quiere usted tocar una pieza a 
cuatro manos, Berta? 
Con mucho gusto. 

i Bravo, bravo ! (Sale la señora Soérby del brazo 
del Caballero 1.° y seguida de todos los invita- 
dos.) 
Un momento, padre. 

WERLE (Parándose.) ¿Qué se te ofrece? 

GREG. Quisiera hablarte. 

WERLE ¿No podrías aguardar a que la gente se vaya? 

GREG. No, porque quizá sea ésta la última vez que nos 
hablemos. 

WERLE (Acercándose.) ¿Qué dices? (Oyese un piano a 
lo lejos durante toda la escena.) 
¿Cómo has dejado que se arruinase de tal modo 
esta familia? 

WERLE ¿Te refieres a los Ekdal? 

GREG. Sí. Recuerda que el anciano Ekdal, hoy tan des- 
preciado, fué tu amigo íntimo. 

WERLE Cosa que deploro, pues a causa de esta intimi- 
dad, la deshonra del capitán Ekdal manchó mi 
nombre. 

(En voz baja.) ¿Y es él acaso el único culpable? 
¿Qué quieres decir? 

Esa atrevida especulación, esa compra de inmen- 
sos bosques, ¿no la hicisteis juntos? 

WERLE Pero Ekdal fué el que trazó el plano y cometió 
abusos al marcar los límites. Cosa exclusiva- 
mente suya fué la corta fraudulenta de bosques 
del Estado. El dirigía ; yo lo ignoraba todo. 
Acaso el desdichado ignoraba también el alcance 
de lo que hacía. 

WERLE Es posible. Pero lo que no tiene vuelta de hoja 
es que a él le condenaron y yo fui absuelto. 

GREG. Sí, ya sé que contra ti no existían pruebas. 

WERLE En fin, ¿a qué recordar estos cuentos viejos? 



GREG. 



GREG. 

WERLE 

GREG. 



GREG. 



EL PATO SALVAJE 



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GREG. 
WERLE 



GREG. 
WERLE 

GREG. 
WERLE 



GREG. 

WERLE 
GREG. 

WERLE 
GREG. 

WERLE 



GREG. 

WERLE 

GREG. 



WERLE 
GREG. 



WERLE 
GREG. 



Allá en la montaña, ¿pensaste mucho en estas 
cosas? Pues aquí todos las olvidaron. 
¿Y la desdichada familia Ekdal, lo ha olvidado 
también? 

Pero ¿podía hacer por ellos más de lo que hice? 
Cuando Ekdal salió de la cárcel era hombre ai 
agua. Hay hombres que cuando se hunden no 
vuelven jamás a la superíicie. Bajo mi palabra 
te aseguro, Gregorio, que hice todo lo que puüe 
sin dar motivo a que me creyesen cómplice... La 
sospecha se forma pronto. 
¿Sospechas?... Ya. 

Proporcioné trabajos a Ekdal en mi escritorio, y 
le pago por ellos el triple de lo que valen. 
(Sin mirarle.) No lo dudo. 
¿Te sonríes? ¿No lo crees? Verdad es que es- 
tas partidas no constan en mis libros. Jamás hice 
asientos de esta especie. 

(Sonriendo con frialdad.) Sí, es mucho me^or que 
no hacerlos. 

(Estremeciéndose.) ¿Qué significa ese tonillo? 
(Con calor.) ¿Tampoco anotaste los trabajos que 
te ocasionó el aprendizaje de Hialmar? 
¿Yo? ¿Cómo quieres que...? 
Me consta que has sido tú quien los pagó. Tam- 
bién sé que luego le diste para establecerse. 
Ya ves ; y aun me echas en cara que haya aban- 
donado a los Ekdal a su suerte. A fe mía que esa 
gente me cuesta harto dinero. 
¿Y has asentado alguno de estos gastos? 
¿A qué viene esa pregunta? 
Bien me lo sé yo. Óyeme. ¿La época en que te 
interesaste tanto por el hijo de tu amigo y socio, 
no conicidió con la de su matrimonio? 
¡Qué sé yo! Después de tantos años... 
Por aquella fecha me escribiste una carta, co- 
mercial por supuesto, y en una postdata me noti- 
ficabas el enlace de Hialmar Ekdal con una tal 
señorita Hansen. 
En efecto, así se llamaba. 
Pero tú no me decías que la señorita en cuestión 
era Gina Hansen, nuestra antigua sirviente. 



14< ENRIQUE IBSEN 

WERLE (Con sonrisa irónica, pero forzada.) No podía 
sospechar que tanto te interesara nuestra ex ama 
de llaves. 

GREG. Tienes razón. Pero... (Bajando la voz.) Pero al- 
guien hay en casa a quien inspiraba un interés 
particular. 

WERLE ¿Qué quieres decir? ¿Acaso te refieres a mí? 

GREG. (Bajo y con firmeza.) Sí, a ti. 

WERLE ¿Y te atreves? ¿Y te permites? ¿Acaso ese in- 
grato, ese pedazo de fotógrafo, te ha hecho se- 
mejantes insinuaciones ? 

GREG. Hialmar no me ha dicho una palabra de esto, y 
me figuro que nada sabe ni sospecha. 

WERLE ¿Pues quién te ha sugerido esa idea? 

GREG. Mi pobre, mi desventurada madre, la última vez 
que la vi. 

WERLE ¡ Tu madre ! ¡ Cómo no se me ha ocurrido I Sí, 
ella fué la que te alejó de mi lado. 

GREG. No fué ella. Sus sufrimientos, sus martirios, que 
la arrojaron prematuramente al sepulcro. Sólo 
eso me alejaba de ti. 

WERLE Sufrió como todas las mujeres. Además, es di- 
fícil que se hagan cargo de las cosas criaturas 
enfermizas y exaltadas. Y tú ahora estás pres- 
tando oído y dando crédito a fábulas calumnio- 
sas contra tu padre... Paréceme, Gregorio, que 
a tu edad deberías aspirar a ocupación mejor. 

GREG. Sí, tiempo es ya de pensar en ello. 

WERLE Quizá se suavizarán entonces las asperezas de 
tu carácter. ¿Qué sacas de habitar la montaña 
cual oscuro obrero, recibiendo tan sólo lo que 
te es estrictamente necesario para vivir? Esto es 
una verdadera locura. 

GREG. ¿De veras? 

WERLE Sí, hombre, sí ; pero te comprendo. Quieres ser 
independiente, no quieres deberme nada. Preci- 
samente ahora puedo proporcionarte una coloca- 
ción a tu gusto. 

GREG. Veamos. 

WERLE Cuando te escribí ordenándote que vinieras in- 
mediatamente... 

GREG. Es verdad ; ¿qué objeto tenías? Di. 



ÉL PATO SALVAJE 



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WERLE 

GREG. 

WERLE 



GREG. 
WERLE 

GREG. 
WERLE 



GREG. 
WERLE 



GREG. 
WERLE 

GREG. 

WERLE 

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WERLE 



GREG. 
WERLE 



GREG. 
WERLE 



GREG. 
WERLE 



Voy a proponerte una asociación. 
¿Una asociación?... ¿Asociarme contigo? 
Sí, y no creas que con esto debamos vivir jun- 
tos ; tú dirigirás aquí la casa de comercio, y yo 
iré a vivir en la fábrica. 
¿Tú? 

Sí, yo no puedo trabajar como antes, debo cui- 
darme la vista, que empieza a debilitárseme. 
Creía que siempre la habías tenido débil. 
Pero no tanto como ahora. Además, podrían pro- 
ducirse motivos que me indujesen a establecerme 
fuera. 

No comprendo... 

Escúchame, Gregorio. A pesar de nuestras mu- 
tuas discrepancias, no dejamos de ser padre e hijo. 
Paréceme que al fin nos entenderemos. 
No lo creo fácil. 

Aunque sólo fuera en apariencia. Reflexiona, Gre- 
gorio. ¿Lo quieres? Di. 

(Mirándole fríamente.) Hay mucho que decir 
sobre el particular. 

Viviendo juntos tendremos ocasión de ayudar- 
nos mutuamente. 
Así se supone. 

Yo quisiera retenerte por algún tiempo a mi lado. 
Estoy solo y la soledad me pesa. Solo he estado 
durante mi vida, pero ahora no puedo más y 
necesito de alguien que me acompañe. Soy ya 
viejo y... 

Tienes a la señora Soerby. 
Sí, es verdad... Te confieso que se me ha hecho 
necesaria. Es alegre y anima la casa, cualidades 
todas que me encantan. 
Entonces ¿a qué pedir más? 
Es que temo que esto no será duradero. La mur- 
muración se ceba en esta clase de mujeres, y 
hasta llega a zaherir a los hombres. 
¡ Bah ! Con tu fortuna puedes muy bien reírte 
de todo. 

Pero ¿y ella? No creo que le sea de igual modo 
indiferente. Y si por abnegación hacia mí llegara 
a desafiar el furor de las malas lenguas, ¿puedes, 



lé 



ÉÑRlQÜÉ IBSÉN 



GREG. 

WERLE 

GREG. 

WERLE 

GREG. 

WERLE 

GREG. 
WERLE 



GREG. 

WERLE 
GREG. 



WERLE 
GREG. 



WERLE 

GREG. 
WERLE 



GREG. 



en conciencia, Gregorio, tú que blasonas de 
tan intransigente rectitud?... 
(Interrumpiéndole.) Dime sencillamente que quie- 
res casóte con ella. 

Y si así fuera, ¿acaso habría en ello algo malo? 
Eso es precisamente lo que yo digo. 
¿Te disgustaría la boda? 
¿A mí? Ni pizca. 

No sé si por el respeto o por el recuerdo de tu 
madre... 

No, no soy ningún exaltado. 
Tanto si lo eres como si no lo eres, lo cierto 
es que me quitas un enorme peso de encima, 
afirmándome que no te opondrás a esta boda, 
lo cual me hace esperar tu auxilio en caso ' ne- 
cesario. 

(Mirándole fijamente.) Ahora veo en qué querías 
ocuparme. 

¡ Ocuparte !... ¡ Qué expresión !,.. 
Llamemos al pan, pan, y al vino, vino, sobre 
iodo estando solos. (Con ironía.) Está visto ; 
con objeto de halagar a la señora Soerby hubie- 
ras deseado un poco de comedia, algunas esce- 
nas cariñosas entre padre e hijo..., algo así..., 
nuevo y patético... 
¡ Así te atreves a hablarme ! . . . 
¡ La vida en familia ! ¿ Cuándo hemos vivido en 
familia? Nunca, que yo recuerde. Peí o ahora, 
claro está, precisabas fingirla un poco ; el hijo, 
atraído por la piedad y el cariño hacia su an- 
ciano padre, asistía a sus bodas. ¿Qué quedaría 
entonces de las murmuraciones que presentan a 
aquella infeliz sucumbiendo de tíisteza y de aban- 
dono? ¡ Un eco, un eco siquiera de aquel dolor 
debe aún resonar aquí, padre mío ! 
¡ Gregorio 1 ¡ Ah ! Está visto, soy la persona á 
quien respetas menos del mundo. 
(Bajo.) Te conozco bien. 

Me conoces por lo que de mí te dijo tu madre. 
(Bajando la voz.) Recuerda con qué frecuencia 
sus juicios eran apasionados. 
(Con voz temblorosa.) Comprendo a qué te re- 



El pato salvaje 



1? 



fieres. Pero ¿quién produjo aquella funesta de- 
bilidad de espíritu? Tú y todas esas mujeres... 
La última, Gina ; la que diste a Hialmar cuan- 
do estabas harto de ella... ¡ Ah ! 
(Encogiéndose de hombros.) ¡ Paréceme oír a tu 
madre ! 

(Sin hacer caso de sus palabras.) Y he aquí a ese 
pobre espíritu, a ese hombre-niño, envuelto en 
tus perfidias, casado con una mujer así, y sin 
ni remotamente sospechar que los cimientos de 
lo que él llama su hogar, son una mentira. (Dan- 
do un paso hacia su padre.) Tu vida aparece, a 
mis ojos, como un campo de batalla cubierto de 
cadáveres hasta donde la vista alcanza. 
Voy creyendo que estamos separados por un in- 
sondable abismo. 

(Inclinándosii , con sangre fría.) Es posible. 
Adiós. Me marcho. 
¿Te vas? ¿Abandonas mi casa? 
Sí. Al fin encontré una misión que realizar en 
la vida. 
¿Cuál? 

Si te la dijera, te causaría únicamente risa. 
Un abandonado solitario como yo no ríe tan 
fácilmente, Gregorio. 

(Señalando al salón.) Mira, padre mío ; los cham- 
belanes están jugando a la gallina ciega con la 
señora Soerby. Buenas noches y pásalo bien. 
(Sale por la puerta del fondo y desaparece por la 
derecha. Oyese reír a los invitados, que aparecen 
poco después en el salón.) 

(Con ironía y siguiendo con la mirada a Grego- 
rio.) ; Depcrraciado ! ¡Y dice que no es ningún 
exaltado ! 



18 



ENRIQUE IBSEN 



ACTO SEGUNDO 



Taller de fotografía de Hialmar Ekdal, instalado en un desi'án bastan- 
te espacioso. A la derecha grandes ventanas cubiertas con cortinas azu- 
les. En el rincón de la derecha, La puerta de entrada, y más al fondo 
otra puerta que conduce a una salita. A la izquierda dos puertas. Entre 
ambas una estufa de hierro. En el fondo, una puerta ancha de dos 
hojas. El taller está sencillo, pero convenientemente amueblado. A la 
derecha, entre las dos puertas y a cierta distancia de la pared, un sofá, 
una mesa y varias sillas. Sobre la mesa un quinqué encendido, con 
pantalla. Al otro lado un desvencijado sillón. Accesorios de fotografía 
en todas partes. A la izquierda un estante con libros, cajas, frascos, 
cubetas y otros objetos. Sobre la mesa, fotografías, pape'cs, pinceles, etc. 



GINA 



EDUV. 

GINA 

EDUV. 

GINA 

EDUV. 
GINA 

EDUV. 
GINA 



EDUV. 
GINA 

EDUV. 

GINA 



(Gina y Eduvigis. Ambas sentadas; la primera 
junto a la mesa, cosiendo; la segunda en el sofá, 
con los codos sobre la mesa y las manos encima 
de los ojos, a manera de pantalla, leyendo.) 
(Después de mirar varias veces con interés a su 
hija.) \ Eduvigis ! (Eduvigis no ha oído.) ¡ Edu- 
vigis ! 

(Alzando la vista.) ¿Qué mandas, mamá? 
No leas tanto, niña. 

Bien, mamá ; pero déjame un poco, un poco 
nada más. 

No ; cierra el libro. Papá no te lo consentiría ; 
ya sabes que no quiere que se lea por la noche. 
(Cerrando el libro.) Bien, obedezco. 
(Dejando la labor, toma un lápiz y una libreta.) 
¿Te acuerdas cuánta manteca hemos gastado hoy? 
Una corona y sesenta y cinco céntimos. 
Justo. (Apunta.) Es extraordinaria la cantidad de 
manteca que se gasta en esta casa. Sin contar 
los salchichones, el queso y el jamón. (Apunta 
otra vez.) 

Y además la cerveza. 

Es verdad, la cerveza... Esto representa una ci- 
fra bastante respetable. ¡ No hay remedio ! 
Pero hoy, con la ausencia de papá, hemos po- 
dido pasarnos con un plato menos en la comida. 
Sí, por fortuna. Con esto y el importe de aque- 



EL PATO SALVAJE 



19 



lias fotografías, he podido reunir ocho coronas 
y media. 

EDUV. ¿De veras? ¿Tanto dinero? 

GINA Ocho coronas y media justas y cabales. (Pausa. 
Gina vuelve a la labor. Eduvigis, con papel y 
lápiz, empieza a dibujar, poniéndose la mano 
izquierda encima de los ojos a guisa de pantalla.) 

EDUV. ¿No estás satisfecha de que papá haya sido in- 
vitado a un banquete en casa del señor Werlé? 

GINA No es el señor Werlé, sino su hijo quien ha in- 
vitado a tu padre. (Pausa.) Nosotros nada tene- 
mos que ver con el primero. 

EDUV. Yo estoy en ascuas aguardando a papá, pues pro- 
metió traerme algo bueno. Dijo que pediría algo 
para mí a la señora Soerby. 

GINA Es posible ; no andará por allí escaso lo bueno. 

EDUV. (Vuelve a dibujar, y continúa durante la si- 
guiente escena.) Y además, que ya voy teniendo 
apetito. (Entra Ekdal por la puerta de la escale- 
ra, con un rollo de papeles bajo el brazo y un 
envoltorio que le asoma por el bolsillo del gabán.) 

GINA Paréceme, padre, que viene usted un poco más 
tarde de lo acostumbrado. 

EKDAL Me habían encerrado en la oficina y he tenido 
que esperar con Graberg... 

EDUV. ¿Te han dado más copias? 

EKDAL Sí, todo esto. Mira. (Mostrando el rollo.) 

EDUV. Y en tu bolsillo, ¿aún hay más? 

EKDAL ¿Qué dices? Simplezas; nada .absolutamente. 
(Dejando el bastón.) Con esto hay trabajo para 
bastante tiempo, Gina. (Entreabre la puerta del 
fondo.) i Chist ! (Mira al interior y vuelve a 
cerrar con precaución,) Todos duermen ; hasta el 
pato está acostado en su canasta. Bien, bien. 

EDUV. ¿Pero de veras, abuelo, no tendrá frío en la 
canasta? 

EKDAL ¿Con el heno que hay quieres que tenga frío? 
(Dirígese a la segunda puerta de la izquierda.) 
¿Hay cerillas? 

GINA Encima de la cómoda. (Ekdal entra en su cuarto.) 

EDUV. ¿Cómo habrán dado tanta copia al abuelo? 

GINA El pobre ganará siquiera para sus atenciones. 



20 



ENRIQUE IBSEN 



EDUV. Y además trabajando no irá a la taberna de la 
señora Eriksen. 

GINA Mejor que mejor. (Pausa.) 

EDUV. ¿Si estarán aún en la mesa? 

GINA . i Quién sabe ! Nada tendría de particular. 

EDUV. ¡ Cuántas golosinas habrá comido papá ! Vendrá 
de buen humor. ¿No te parece? 

GINA Si además pudiésemos decirle que hemos al- 
quilado el cuarto... 

EDUV. No hay necesidad por hoy. 

GINA (Mirándola.) ¿Te gusta poder dar una buena no- 
ticia a papá cuando vuelva? 

EDUV. ¡ Oh, sí ! Parece que todos estamos más alegres 
entonces. 

GINA (Aparte.) ¡ Cuánta verdad dice ! (Pasa Ekdal, di- 
rigiéndose a le primera puerta de la izquierda.) 
Padre, ¿quiere usted algo de la cocina? 

EKDAL Sí, pero no te muevas. (Entra en la cocina.) 

GINA Quizá vaya a remover el carbón. (Aguarda un 
instante.) Eduvigis, ve a enterarte de lo que 
hace. Ekdal vuelve a salir con una tacita de agua 
caliente.) 

EDUV. ¿Has ido a buscar agua caliente, abuelito? 

EKDAL Sí ; me hacía falta para la tinta, pues con el frío 
está espesa como engrudo. 

GINA Mejor sería cenar antes. Está ya preparada la 
cena. 

EKDAL Por hoy me pasaré sin ella ; estoy atareadísimo. 
Que nadie venga a importunarme en mi cuarto, 
¿eh? (Entra en su cuarto.) 

GINA (Bajando la voz.) ¿Dónde habrá encontrado di- 
nero? 

EDUV. Quizá se lo haya dado Graberg. 

GINA No. Graberg me lo envía siempre a mí. 

EDUV. Puede que en alguna parte le hayan fiado la 
botella. 

GINA ¡ Pobre abuelo ! No tiene hoy crédito ni por un 
céntimo. (Entra Hialmar por la derecha. Lleva ga- 
bán y sombrero gris de fieltro.) 

GINA (Dejando la labor y levantándose.) ¡ Hola ! Creí 
que volverías más tarde. 



EL PATO SALVAJE 



21 



EDUV. (Yendo saltando al encuentro de Hialmar.) 
¡ Papá ! 

HIAL. (Quitándose el sombrero.) A estas horas ya no 
queda nadie allí. 

EDUV. ¿Tan temprano? 

HIAL Sí, mujer, sí; se trataba de una comida. (Se dis- 
pone a quitarse el gabán.) 

EDUV. Deja que te ayude. 

GINA Y yo también. (Quitante el gabán que Gina cuelga 
en un clavo.) 

EDUV. ¿Había mucha gente, papá? 

HIAL. No ; éramos unos trece o catorce invitados. 

GINA ¿Y has liablado a todos? 

HIAL. Algunas palabras, pues Gregorio me cogió por 
su cuenta y no me soltó en toda la noche. 

GINA ¿Continúa tan feo ese Gregorio? 

HIAL. No es hermoso que digamos. ¿Dónde está mi 
padre? 

EDUV. Se ha encerrado para escribir, 

HIAL, ¿No ha dicho riada? 

GINA No. ¿Qué queriss que difesé? 

HIAL. ¿No ha contado cómo...? Paréceme haberío visto 
con Graberg. Voy a entrar en su cuarto. 

GINA No, no entres. 

HIAL. ¿Por qué? ¿Ha dicho que no quiere verme? 

GINA Creo que no quiere ver a nadie. 

EDUV. (Remedando a Ekdal.) Nadie, ¿eh? 

GINA (Que no lo ha advertido.) Se ha provisto de agua 
caliente. 

HIAL. ¡ Ah! Quizá esté... 

GINA Es muy probable. 

HIAL. ¡ Dios mío ! ¡ Pobre padre ! Así degrada sus ca- 
nas. ¡ Bah ! Dejemos que se desahogue a sus 
anchas. Eso le divierte. (Ekdal sale de su cuar- 
to fumando su pipa.) 

EKDAL (A Hialmar.) Ya me pareció haberte oído. 

HIAL. Sí, acabo de llegar. 

EKDAL ¿Me viste pasar? Di. 

HIAL. No, cuando me dijeron que acababas de pasar, 
quise salir en tu busca. 

EKDAL Gracias, Hialmar. Y di, ¿quiénes eran aquellas 
gentes? 



22 



ENRIQUE IBSEN 



HIAL. ¡ Oh ! Había varias personas ; el chambelán Flor, 
el chambelán Bailé, el chambelán Kaspersen, el 
chambelán fulano, el chambelán zutano... En fin, 
no me acuerdo de más nombres. 

EKDAL Ya lo oyes, Gina. ¡ Vaya una reunión de cham- 
belanes ! 

GINA La casa debía estar muy elegante y bien puesta ; 
no me cabe duda. 

EDUV. ¿Han cantado los chambelanes? ¿O quizás han 
recitado algo? 

HIAL. No hubo más que charla. Después querían que 
declamara un poco, pero yo no he consentido. 

EKDAL ¿No has querido, dices? 

GINA Paréceme que debías haberlo hecho. 

HIAL. Pues no. No he de servir de bufón al primer 
mequetrefe que me lo pida. (Paseándose.) No 
tengo carácter para eso. 

EKDAL No, no. Hialmar no es hombre para esas ba- 
jezas. \ 

HIAL. Una vez que voy por allí no va a ser a divertir 
a la gente. En cambio, aquellos gaznápiros, que 
no hacen más que ir de festín en festín, podrían 
encargarse del papel de bobos. Así serían útiles 
para algo. 

GINA Supongo que no les habrás dicho estas cosas. 

HIAL. ¡Oh! Muchas verdades oyeron de mi boca. 

EKDAL ¿Y cómo lo han tomado? 

HIAL. Quedaron bastante amostazados. 

EKDAL Ya lo oyes, Gina, el caso que hace de los cham- 
belanes. 

GINA Sí, sí. ¡ Caramba ! 

HIAL. Bien, no hablemos más de esto. Después de 
todo, hemos quedado muy amigos, y nada más 
lejos de mi intención que el ofenderles. 

EKDAL Sin embargo, les has dado una lección. 

EDUV. (Con intención.) \ Y qué elegante estás así, pa- 
pá ! i Si tú supieras ! 

HIAL. ¡ Oh ! Es que me sienta bien este traje. Parece 
hecho para mí. Quizá un poco estrecho. Ayúdame 
a quitármelo, Eduvigis. (Lo hace.) Con mi cha- 
queta estoy mejor. ¿Dónde está, Gina? 

GINA Hela aquí. (Se la trae y le ayuda a ponérsela.) 



EL PATO SALVAJE 



23 



HIAL. Bien. No te olvides de devolver el traje a Mol- 
vik mañana mismo. 

GINA (Llevándose el traje.) Descuida. 

HIAL. (Estirándose.) ¡ Ah ! Parece que esté uno más 
cómodo así. Además, este artístico desaliño me 
sienta mejor. ¿No es verdad, Eduvigis? 

EDUV. Mucho que sí, papá. 

HIAL. Y con los cabos de la corbata flotando así, ¿qué 
te parece? 

EDUV. Muy adecuado a tu barba y a tu encrespada 
cabellera. 

HIAL. No precisamente encrespada ; mejor dirías ri- 
zada. 

EDUV. i Oh, sí ! Tienes unos bucles envidiables. 

HIAL. Así es, en efecto. 

EDUV. (Tras breve meditación y tirándole de la cha- 
queta.) ¡ Papá ! 

HIAL. ¿Qué quieres? 

EDUV. Bien sabes lo que quiero. 

HIAL. No, te lo aseguro. 

EDUV. (Con voz quejumbrosa, pero sonriendo.) ¡Sí lo 
sabes ! Vaya, no me atormentes más. 

HIAL. ¿Pero qué quieres? 

EDUV. (Sacudiéndole.) Vamos, dámelos de una vez... 
Los dulces que me ofreciste. 

HIAL. ¡Caramba! Pues, niña, ios olvidé. 

EDUV. Quieres hacerme rabiar, ¿eh? Vamos, dime dón- 
de los escondiste. 

HIAL. Me olvidé, no lo dudes, Pero espera un poco. 
Algo tengo para ti, Eduvigis. (Registra los bol- 
sillos del traje.) 

EDUV. (Saltando.) ¡ Ah, bien lo decía yo ! 

HIAL. Sacando un papel ) Helo aquí. 

EDUV. ¿Este papelucho tan solo? 

HIAL. Es la lista de los platos. Mira lo que nos dieron. 

EDUV. ¿Y no traes otra cosa? 

HIAL. ¿Pero no te he dicho que lo he olvidado? ¡Va- 
liente cosa todas estas fritadas ! Siéntate y ayú- 
dame a descifrar sus nombres. Yo, en cambio, te 
describiré su sabor. Pero ¿qué tienes ahora? 

EDUV. (Lloriqueando.) Nada. (Siéntase. Su madre le 

f"'' hace un signo que no escapa a Hialmar.) 



24. 



ENRIQUE IBSEN 



HIAL. (Paseándose.) Es increíble el sinnúmero de obli- 
gaciones que tiene un padre de familia. Y si se i 
le olvida alguna cosa, ya se le pone cara de 
vinagre. En fin, fuerza es acostumbrarse a todo. 
(Acercándose a su padre, que está sentado junto 
a la estufa.) ¿Has dado ya un vistazo ahí den- 
tro? 

EKDAL Sí ; estaba acostado en su canasta. 

HIAL. Parece que se acostumbra ya a ello. 

EKDAL Ya te lo decía. Habríamos de introducir, sin em- 
bargo, ciertas reformas. Es indispensable, ¿sa- 
bes? 

HIAL. Sí. Hablemos de ello. Ven, sentémonos en el 
sofá. 

EKDAL Espera ; voy a limpiar mi pipa. Está obstruida... 
¡Hum!... (Entra en su cuarto.) I 

GINA (A Hialmar, sonriendo.) ¿Has oído? Quiere lim- 
piar su pipa. (Haciendo signos de que bebe.) 

HIAL. Bien, Gina, dejémosle hacer. ¡ Pobre náufrago ! i 
Que goce a su modo. Hay que empezar mañana i 
mismo esas mejoras. 

GINA Mañana, Hialmar, no tendrás tiempo para ello. 

EDUV. (Interrumpiendo.) Pues sí, mamá. 

GINA Habrá que retocar estas pruebas. Han venido 
por ellas varias veces. 

HIAL. ¡Dichosas pruebas! Bien; estarán listas. ¿Hay 
nuevos pedidos? 

GINA No, por desgracia. Para mañana hay tan sólo 
estos dos retratos. 

HIAL. ¿Nada más? Claro está, no nos tomamos moles- 
tia alguna... 

GINA ¿Pero qué puedo hacer, pobre de mí? Anuncio en 
cuanto me es posible. 

HIAL. ¿Y de qué sirven Ils anuncios? ¿Ha venido na- 
die por el cuarto? 

GINA Nadie hasta el presente. 

HIAL. Bien ; paciencia. Pero hace falta actividad, Gina. 

EDUV. (Acercándose a Hialmar.) ¿Quieres que vaya^ 
por la flauta, papá? ' 

HIAL. No, no estoy para músicas. Mañana me pongo 
al trabajo y no lo abandono mientras me qued^ 
fuer?a. ' ^' 



EL PATO SALVAJE 



25 



GINA Vamo3, querido EkdaL nunca te había oído nada 
semejante. 

EDUV. Papá, ¿quieres una botella de cerveza? 

HÍAL. No, nada quiero. (Parándose.) ¿Cerveza? ¿Cer- 
veza has dicho? 

EDUV. (Solícita.) Sí, papá, sí, cerveza fresca y re- 
galada. 

HIAL. Bien, ya que en ello te empeñas, tráeme una bo- 
tella. 

GINA Sí, eso es ; haremos un poco de refresco. (Edu- 
vigis se precipita hacia la cocina. Hialmar la de- 
tiene, estrechándole la cabeza contra su pecho.) 

HIAL. ¡ Eduvigis ! ¡ Eduvigis ! 

EDUV. (Llorando de alegría.) \ Papá querido ! 

HIAL. No me llanu-s así, que no lo merezco. Me he 
sentado en ;a mesa de ese ricachón, rebosante de 
exquisitos nan jares y me he regodeado con ellos. 
Si al menos me hubiese acordado de ti... 

GINA (Sentada junto a la mesa.) Vamos, eso son sim- 
plezas, Hialmar, simplezas. 

HIAL. i Oh, no ! He faltado a mi deber, pero bien sa- 
béis que os quiero con toda el alma. 

EDUV. (Saltándole al cuello.) ¡ Y nosotros, papá, te ado- 
ramos ! 

HIAL. Y si a veces estoy de mal humor, pensad, por 
el cielo, en los grandes disgusto» que he sufrido. 
I Vamos ! (Enjugándose los ojos.) Nada de cer- 
veza por hoy. Tráeme la flauta, Eduvigis. (Edu- 
vigis corre al estante y coge el instrumento.) 
Gracias, ahora sentaos y oíd. (Siéntase Eduvigis 
al lado de Gina. Hialmar, después de dar algu- 
nos pasos, toca nerviosamente una danza popu- 
lar tcheque, a la que da entonación sentimental 
y elegiaca. Luego se interrumpe y tendiendo emo- 
cionado la mano izquierda a Gina.) \ Qué her- 
mosa es la vida bajo este nuestro humilde techo, 
Gina ! En verdad, te digo que me siento bien 
aquí. (Empieza a tocar de nuevo. Llaman a la 
puerta.) 
¡iiGINA (Levantándose.) ¡ Chist ! ¡ Alguien viene ! 
I'HIAL. (Colocando la flauta en su sitio.) Bien, volvamos 
gl trabajo. (Gina abre,) 



ENRIQUE IBSEN m 



GREG. (Desde la puerta.) Usted dispense. 

GINA (Retrocediendo un paso.) ¡ Oh ! 

GREG. ¿Es este el domicilio del fotógrafo señor Ekdal? 

GINA Sí, caballero. 

HIAL. (Yendo al encuentro de Gregorio.) \ Gregorio ! A 
pesar de todo, has venido. Bien ; entra. 

GREG. (Entrando.) Ya te lo he dicho. 

HIAL. ¿Pero por qué esta misma noche? ¿Has dejado 
la reunión? 

GREG. La reunión y el hogar paterno, todo lo dejo. Bue- 
nas noches, señora Ekdal. No sé si se acordará 
de mí. 

GINA. ¡ Qué duda cabe ! El señorito Werlé es incon- 
fundible. 

GREG. Ya lo creo ; me parezco a mi madre, y no creo 
que la haya usted olvidado. 

HIAL. ¿Y dices que has abandonado el domicilio de tu 
padre? 

GREG. Sí ; me he marchado a la fonda. 

HIAL. ¿De veras? Bien; ya que has venido, quítate 
el abrigo y siéntate. 

GREG. Gracias. (Lo hace, quedando con un traje gris 
de corte montañés.) 

HIAL. Sin cumplidos... Siéntate ahí, en el sofá. (Gre- 
gorio se sienta en el sofá e Hialmar en una silla 
cerca de la mesa.) 

GREG. (Mirando a su alrededor.) ¿Esta es tu casa, Hial- 
mar? 

HIAL Esto, como ves, es el taller. 

GINA Que es la pieza preferida por ser la más espa- 
ciosa. 

HIAL. Hemos tenido mejor casa, pero en cambio ésta 
tiene la ventaja de sus magníficos desvanes. 

GINA Además, hay un cuarto que podemos alquilar. 

GREG. (A Hialmar.) ¡Toma! ¿Tienes huéspedes? 

GINA Aun no. Primero hay que buscarlos. (A Eduvi- 
, gis.) ¿Y la cerveza? (Eduvigis hace un signo de 
asentimiento y corre a la cocina.) 

GREG. ¿Es tu hija esta niña? 

HIAL. Sí. 

GREG. Hija única, ¿eh? 



EL PATO SALVAJE 



27 



HIAL. 

GREG. 
HIAL. 
GREG. 
HIAL. 



GREG. 

HIAL. 

GREG. 

GINA 

HIAL. 

GREG. 
HIAL. 



HIAL. 



GREG. 
HIAL. 



GREG. 

GINA 
GREG. 

GINA 
GREG. 



Sí, única. Es nuestra alegría ; pero (Bajando la 
la voz.) a la vez nuestro mayor tormento. 
¿Qué quieres decir? 

Está en inminente peligro de perder la vista. 
¡ Qué horror ! ¿ Ciega ? 

Sí ; por ahora sólo se han presentado los prime- 
ros síntomas. Pero los otros vendrán pronto, pues 
el mal no tiene remedio. Así nos lo ha asegu- 
rado el médico. 

i Terrible desgracia ! ¿ Y cómo le ha sobreve- 
nido este mal? 

(Suspirando.) Probablemente es una enfermedad 
hereditaria. 

(Con viva sorpresa.) ¿Hereditaria? 
La madre de Ekdal tenía la vista muy débil. 
Sí, así lo dice mi padre, pero yo no tengo el me- 
nor recuerdo de ella. 

¡Qué horror; pobre criatura! ¿Y qué dice ella? 
Como comprenderás, no hemos tenido valor de 
decírselo. Ella nada sabe del golpe que va a he- 
rirla. Inocente y retozona como un pajarito, pron- 
to entrará en la noche eterna. (Con dolor.) ¡ Qué 
tormento para un padre ! (Eduvigis trae una bo- 
tella de cerveza y vasos en una bandeja que deja 
sobre la mesa.) 

(Acariciándola la cabeza.) Gracias, Eduvigis, 
gracias. (Eduvigis abraza a su padre y le mur- 
mura algo al oído.) No, tostadas no, por ahora. 
(Mirando a Gregorio.) A menos que Gregorio 
quiera. 

(Con cumplido.) No ; gracias. 
Trae algunas al instante. Y bien calentitas. Que 
no ande escasa la manteca. (Eduvigis, después 
de hacer un signo de satisfacción, vuelve a la 
cocinad) 

(Siguiendo con la mirada a Eduvigis.) Parece, 
sin embargo, estar muy alegre y sana. 
Los ojos nada más... 

Se parece a usted, señora Ekdal. ¿Qué edad 
tiene? 

Catorce años. Pasado mañana los cumple. 
Muy cíepidita está para su edad. 



28 



ENRIQUE IBSEN 



GINA De un año acá se ha desarrollado mucho. 

GREG. Al ver hacerse hombres a los niños, advierte uno 
que a su vez va haciéndose viejo, ¿Cuánto tiem- 
po hace que están ustedes casados? 

GÍNA Unos quince años. 

GREG. Ya son algunos días. 

GINA (Mirándole atentamente.) Mucho que sí. 

HIAL. Sí, hace quince años menos pocos meses. (Cam- 
biando de tono.) ¿Te parece largo este tiempo, 
que tú has pasado en la fábrica. 

GREG. Tardo en el pasar ; pero reflexionando ahora el 
pasado, paréceme un brevísimo instante. (Entra 
Ekdal, arrastrando los pies, sin su pipa y cu- 
bierta la cabeza con gorrilla de uniforme.) 

EKDAL Vamos, Hialmar, sentémonos ahora y hablemos i 
de este asunto. Empieza. 

HIAL. (Yendo a su encuentro.) Padre, tenemos visitas. 
Bstá aquí Gregorio Werlé. ¿No te acuerdas ya 
de él? 

EKDAL ( Mirando a Gregorio, que se ha levantado.) 
'Werlé, el hijo? ¿Es éste? Bien; ¿y qué me 
quiere? 

HIAL. Nada ; ha venido a verme. 

EKDAL ¡Ah, ya! ¿Entonces, no hay tioveda'd? 

HIAL. No, nada hay de nuevo. 

EKDAL (Moviendo el brazo.) Yo no tengo miedo, ya 
sabes ; pero... 

GREG. (Acercándosele.) Quería solamente dar a usted 
noticias de caza. ¿No se acuerda usted ya? 

EKDAL ¿Caza? 

GREG. Sí, por los alrededores de Heydal. 

EKDAL i Ah, ya ! En la montaña. Era yo entonces un fa- 
moso cazador. 

GREG. ¡ Ya lo creo ! Conocido en toda la comarca. 

EKDAL Es posible. Parece que se fija usted en mi uni- 
forme. Aquí puedo llevarlo sin pedir a nadie 
permiso. Con tal que no salga con él a la calle... 
(Entra Eduvigis con un plato con rebanadas de 
pan untadas de manteca y lo coloca sobre la 
mesa.) 

HIAL. Ponte allí, padre, y bebe un vaso. Tú, Grego- 
rio, siéntate y toma cuanto gustes. (Ekdal, mur- 



EL PATO SALVAJE 



29 



murando y dando traspiés va al sofá y se sienta. 
Gregorio se coloca a su lado. Hialmar frente a 
Gregorio. Gina cose lejos de la mesa y Eduvigis 
de pie a su lado.) 

¿Recuerda usted cuando Hialmar y yo pasábamos 
allí en su compañía las vacaciones? 
¿Venían ustedes a verme? No, no, no re-cuer- 
do. De lo que me acuerdo es de que fui un 
valiente cazador. Los osos rne temían como al 
fuego. Nueve maté, ni uno más ni uno menos. 
(Mirándole compasivo.) ¿Y ahora no va usted 
nunca a cazar? 

Yo creo que sí, amigüito. Cazamos aún de vez 
en cuando... Pero en otras condiciones que en 
el monte... Respecto al bosque..., el bosque, sa- 
be usted..., el bosque... (Bebe.) ¿Y cómo está eí 
bosque? 

No tan bien como entonces ; se han hecho gran- 
des talas. 

¿Talas? (Bajando la voz como si tuviese miedo.) 
Mal hecho ; es peligroso. Los bosques se vengan. 
(Llenando un vaso.) Vamos, padre ; otro tra- 
guito. 

¿Cómo ha podido reducirse usted a vivir entre 
estas cuatro paredes y aclimatarse a la pestífera 
atmósfera de la ciudad, acostumbrado como estaba 
al aire puro de las montañas? 
(Guiñando un ojo a Hialmar y sonriendo.) No se 
está aquí del todo mal. 

Pero... ¿no echa usted de menos aquella vivifi- 
cante frescura, la libertad de los parados, los 
bosques, la caza?... 

(Sonriendo.) ¿Se lo enseñamos, Hialmar? 
(Con viveza y algo turbado.) No, padre ; esta 
noche no. 

(A Hialmar.) ¿Qué quiere enseñarme? 
Nada ; ya lo verás otro día. 
(Dirigiéndose otra vez a Ekdal.) Capitán Ekdal, 
venía a proponerle que se viniese usted conmigo 
a la fábrica. Dentro de poco estaré allá de regre- 
so. Y en ella como aquí se le dará a usted copia. 



3o 



ENRIQUE ífiSEN 



EKDAL 
GREG. 

EKDAL 

HIAL. 
EKDAL 



EDUV. 

HIAL. 

GREG. 

GINA 



EKDAL 
GREG. 
EKDAL 
HÍAL. 

GREG. 

EKDAL 



EDUV. 
EKDAL 



¿Qué puede haber en la ciudad que tenga para 
usted interés? 

(Mirándole con estupor.) ¿Nada que a mí me 
interese? 

Sí, tiene usted desde luego a su hijo ; pero Hial- 
mar ha creado ya una familia. Y un hombre como 
usted, a quien siempre ha gustado la naturale- 
za ruda y salvaje... 

(Dando un puñetazo en la mesa.) Hialmar, hay 
que enseñárselo. 
¡ Pero padre, si es de noche ! 
¿Y la luna? (Se levanta.) Te digo que es in- 
dispensable que lo vea. Déjame pasar. Ven, ayú- 
dame, Eduvigis. 
Con mucho gusto, abuelito. 
Bueno, bueno. 

(A Gina.) ¿Qué diantre es lo que con tantos 
rodeos van a enseñarme? 

Ya lo verá usted ; pero no se imagine nada ex- 
traordinario. (Ekdal e Hialmar se dirigen a la 
puerta del fondo, abriendo cada uno una hoja. 
Eduvigis ayuda al anciano. Gregorio se ha le- 
vantado y mira desde el sofá. Gina sigue cosien- 
do tranquilamente. Por la puerta abierta se divisa 
una especie de desván muy grande, de contorno 
irregular y lleno de trastos viejos. Por los tra- 
galuces del techo entra la luna, bañando de luz 
parte del desván, mientras el resto queda en 
sombra.) 

(A Gregorio.) Acerqúese usted. 
(Acercándose.) Veamos. 
Mire usted. 

(Algo turbado.) Todo esto ya supones son cosas 
de mi padre. 

(Va hasta la puerta y mira al interior.) ¿Cría 
usted gallinas, capitán Ekdal? 
¡ Ya lo creo ! Y crían muchos pollos. Ahora duer- 
men ; pero de día, ya verá usted qué gallinas 
son esas. 

Tenemos además... 

i Chist ! Cállate, charlatana... Aun no es tiempo 
de decírselo. 



ÉL PATO SALVAJE 



31 



GREG. 
EKDAL 



HIAL. 
EKDAL 



GREG. 
EKDAL 
GREG. 
EKDAL 



GREG. 

EKDAL 

GREG. 

EKDAL 

HIAL. 

EDUV. 

EKDAL 

GREG. 

EKDAL 

GREG. 
EKDAL 



EDUV. 
GREG. 

EKDAL 

HIAL. 
GINA 
EKDAL 



Por lo que veo tienen ustedes también palomas. 
También tenemos palomas. Allí en el fondo tie- 
nen sus nidos. Pero ahora están durmiendo cer- 
ca del techo, pues gustan de las alturas. ¿Usted 
comprende? 

Pero no son palomas comunes. 
i Qué han de ser comunes ! i Ya lo creo que no ! 
Todas son de las razas mejores y más raras. 
Pero véngase por aquí ahora. ¿Ve usted, esta 
estera que está arrimada a la pared? 
Bien la veo. ¿Para qué sirve? 
Sirve de cobertizo a los conejos. 
¡Cómo! ¿También conejos? 
Vaya. También conejos. ¿Oyes, Hialmar? Le 
sorprende que tengamos conejos... ¡ Hum !... Pero 
ahora viene lo gordo .; apártate, Eduvigís. Pón- 
gase usted ahí y mire allá abajo. Verá una ca- 
nasta llena de heno. 

Sí, la veo, y parece que hay cierto avechucho 
que duerme en ella. 
¿Cómo un avechucho? 
¡ Ah ! Es un pato, ¿eh? 
(Algo picado.) Vil pato, un pato... 

¿Qué especie de pato crees que es éste? 
No es un pato cualquiera. 
¡ Chist ! 

Quizás sea un pato turco. 

No, señor Werlé, nada de p?tos turcos : el nues- 
tro es un pato silvestre. 
¡ De veras ! ¿ Un pato silvestre ? 
Sí, un pato silvestre. Este avechucho, como le 
ha llamado usted, e¿ Uxi pato silvestre. Nuestro 
pato silvestre, caballerito. 

(Corrigiendo.) Mi pato silvestre ; porque es mío. 
¿Y puede vivir en este granero? ¿No echa de 
menos sus selvas nativas? 

Verá usted ; tiene un barreño grande para que 
se zambulla. 

Agua limpia diariamente. 
Pero, Hialmar, corre un aire muy frío... 
Cerrad entonces... Cuidado con turbar su sue- 
ño... Eduvigís, ayúdame. (Ekdal y Edavigis cíe- 



32 



ENRIQUE IBSEN 



tran el granero.) En otra ocasión lo verá usted 
mejor. (Siéntase en un sofá.) Es una maravilla 
eso de los patos silvestres. 

GREG. ¿Cómo se las arregló usted para cazarlo vivo, 
capitán Ekdal? 

EKDAL Es muy difícil ; pero éste no lo cacé yo. Lo de- 
bemos a cierto personaje de esta ciudad. 

GREG. (Con viveza.) ¿Es acaso mi padre ese personaje? 

EKDAL Justamente. 

HÍAL. Pronto lo acertaste. 

GREG. Como me has dicho que mi padre os había col- 
mado de favores, he pensado... 

GINA Pero no fué precisamente del señor Werlé de 
quien... 

EKDAL Fué precisamente Juan Werlé quien nos lo re- 
galó, Gina. (A Gregorio.) Estaba cazando. Lo 
ve, apunta y dispara. Pero es tan corto de vista 
que no hizo sino estropearlo. 

GREG. Debió herirle levemente... 

EKDAL Sí, uno o dos perdigones tan sólo le alcanzaron. 

EDUV. Tiene el ala roía, de modo que no puede volar. 

GREG. Debió sumergirse a escape. 

EKDAL (Medio dormido y tartamudeando.) Naturalmen- 
niente. Los patos silvestres hacen siempre lo mis- 
mo... Se hunden hasta el fango. No aparecen 
jamás. 

GREG. Pero, señor capitán, su pato de usted bien salió. 

EKDAL No por sí mismo, sino gracias a un precioso 
perro de su padre de usted que^ sumergiéndose, 
logró hacer presa y sacarlo. 

GREG. (A Hialmar.) Y fué para vosotros. 

HÍAL. No tan pronto ; tu padre lo tuvo una temporadita, 
pero el pato no se encontraba bien allí. Enton- 
ces Peíersen recibió orden de matarlo. 

EKDAL (Casi dormido.) Sí, Petersen. ¡ Valiente bribón ! 

HIAL. (Bajando la voz.) Así llegó a nuestro poder. Mi 
padre, que es algo conocido de Petersen, se en- 
teró del asunto y se las arregló para que nos 
cediera el pato. 

GREG. Y helo al fin completamente feliz en su granero. 

HIAL. Tienes razón, Gregorio, feliz por completo. Has- 
ta ha engordado. Cierto que habrá olvidado su 



El pato salvaje 



33 



GREG. 



HIAL. 

GREG. 

HIAL. 

GREG. 

HIAL. 

GINA 

GREG. 

HIAL. 

GINA 

HIAL. 
GIMA 
GREG. 
HIAL. 

GINA 
GREG. 

GINA 

GREG. 

GINA 



GREG. 

GINA 
GREG. 
GINA 
HIAL. 



GREG. 
HIAL. 

GREG. 



antigua libertad, pues lleva ya bastante tiempo de 
cautiverio. 

Pero cuida que no vea jamás el cielo ni el mar. 
Que nada le recuerde su existencia salvaje. Debo 
marcharme. Creo que tu padre duerme. 
¡ Oh ! , si no es más que por eso. 
i Una idea ! Dijiste que alquilarías un cuarto. 
Bien ; pero ¿quieres acaso quedarte con él? 
¿Quieres alquilármelo? 
¿A ti? 

¿A usted, señor Werlé? 

Si me lo alquilan ustedes, mañana mismo me 
instalo en él. 

Pues bien, con muchísimo gusto. 
No, señor Werlé, el cuarto en cuestión no le 
conviene a usted. 
¿Y por qué? 

Porque es pequeño, oscuro... . 
No importa, señora Ekdal. 
Pues a mí me parece lindo, y en cuanto al mo- 
biliario no es del todo malo. 
Pero acuérdate de los vecinos del piso inferior. 
¿Qué gentes son ésas? 

¡Oh!, el uno es un tal Molvick, que ha sido 
preceptor. El otro un médico que se llama Relling. 
¿Relling? No me es completamente desconocido. 
Fué por algún tiempo médico de Heydal. 
Son un par de perillanes de la peor especie. Se 
retiran muy tarde, en un estado deplorable algu- 
nas veces. 

A todo se acostumbra uno. No pienso ser me- 
nos que el pato silvestre. 

Creo que sería mejor reflexionar detenidamente. 
¿No ;ne quiere usted por vecino, señora Ekdal? 
¡ Qué cosas dice usted ! 

En verdad, Gina, me extrañan tus escrúpulos. 
(A Gregorio.) Dime, ¿piensas permanecer en 
la ciudad por ahora? 
Por ahora sí. 

¿Pero no en casa de tu padre? ¿Qué piensas 
hacer? 
Ojalá lo supiera yo. Pero cuando tiene uno la 



ENRIQUE IBSEN 



desgracia de llamarse Gregorio Werlé... ¿Has 
oído jamás nada tan feo? 

HÍAL. i Caramba ! No opino como tú. 

GREG. Sí, hombre, sí. A otro que se llamara así le 
escupiría al rostro. 

HÍAL. (Sonriendo.) Pues si no te gusta Gregorio Werlé, 
¿cómo quisieras llamarte? 

GREG. Si en mi mano estuviera elegir, sería un can 
inteligente. 

GINA ¡Un perro 1 

EDUV. (A pesar suyo,) ¡ Oh, no ! 

GREG. Sí, un perro de caza inteligente como el que hizo 
presa en el pato silvestre cuando, agarrándose al 
fondo, hundía sus uñas y su pico entre algas y 
cieno. 

HIAL. Por vida mía, Gregorio, que no te comprendo. 

GREG. Mañana me instalo en el cuarto en cuestión, (á 
Gina.) No tema usted ninguna molestia, no ne- 
cesito a nadie. (A Hialmar.) Por lo que hace 
a lo demás, ya hablaremos de ello mañana. Bue- 
nas noches, señora. (Saluda con la cabeza a Edu 
vigis.) Buenas noches. 

GiNA Buenas noches, señor Werlé. 

EDUV. Buenas noches. 

HIAL. (Enciendiendo una bujía.) Aguarda, que voy a 
alumbrarte. La escalera está oscura. (Vanse Hial- 
mar y Gregorio.) 

GINA (Con la mirada fija y la labor sobre las rodillas.) 
Estúpida idea la de querer ser perro. 

EDUV. Mira, mamá, al decirlo estaría distraído. 

GINA ¿Cómo podía estarlo? 

EDUV. No sé ; pero parecía que estaba pensando en 
otra cosa. 

GÍNA ¿Eso crees? De todos modos es una tontería. 
(Entra Hialmar.) 

HIAL. Había luz aún en la escalera. (Apaga la vela y 
la deja en la mesa.) Al fin podré tomar un bo- 
cado. (Coge una torta.) Mira, Gina, cómo sabe 
uno arreglárselas. 

GINA ¡ Valiente manera de arreglarse ! 

HIAL. ¿Y por qué no? Es una verdadera ganga haber 



£L PATO SALVAJE 



i4iAL. 



alquilado este cuarto, y sobre todo a Gregorio, 
que es uü buen amigo. 
Pues a fe mía, no sé... 

Sí, mamá, sí ; ya verás cumo no habrá nada 
de lo que temes. 

rardiez, eres Dien extraña ; piimerameute que- 
rías aiquiíar el cuarto contra viento y luarea. y 
ahora que lo has conseguido, no esius con- 
tenta. 

Lo estaría si io hubiésemos alquilado a cualquier 
oífo. (j,Qué te parece que dirá ei señor Xverlé? 
iiiga io que quiera. Como no le importa nada... 
¿iNo comprendes que Gregorio debe c^e iiaber 
reñido con su padre cuando deja su casa y se 
viene a la tuya? 
Aunque así mese... 

i-ues el señor weiíé puede juzgarnos cómplices de 
su hijo. 

Que nos juzgue como guste. Debo mucaos iavo- 
res al viejo Werié, Dios me libre de negarlo ; 
pero somos independientes y nago mi giisto. ¡ No 
faltaba más 1 

Piensa además io que esto podría perjudicar al 
abuelo ; quizá ie despidan. 

bsioy por decir que ojalá así sea. ¿No es acaso 
liumiilanie para un hombre como yo que su an- 
ciano padre trabaje rodavía? bspero, sin embar- 
go, que no esia muy lejos el tiempo... (Coge olía 
torta.) Tengo üU'a misión en el mundo y creo de- 
jarla bien cumplida. 
¡ Oh ! j Sí, papá ! 

{Bajando la vozj La dejaré plenamente cumpli- 
da, repito. Ls necesario que un aía... Y por eso 
me parece una feliz casualidad el haber aiquilaüo 
ese cuarto. Lsto me dará una posición mas in- 
dependíente, como conviene a un hombre que 
tiene tan vastos proyectos. (Emocionado y miran- 
do a Ekdai dormido en un sofá.) \ i-'obre anciano I 
Cuenta siempre coa tu Hialmar. Soy fuerte, nada 
me arreara. Vendrá un hermoso día... (A bina.) 
¿Dudas de elio.^ 



36 



ENRIQUE íBSEN 



GÍNA 



HÍAL. 



(Levantándose.) No, no lo dudo. Confío en rus 
fuerzas, ¡en ti! Mírale. (Señalando al viejo.) 
¿Quieres que le acostemos? 
Vamos. (Cogen a Ekdal con precaución y cuida- 
do para que no despierte.) 



ACTO TERCERO 



l'ailer 



ie Hialmar, 
alumbra 



La luz de la maiiana que penetra por el techo 
¡a escena. Las cortinas están recogidas. 



HÍAL. 

GINA 

HÍAL. 

GÍNA 

hlÁL. 

GÍNA 



HÍAL. 

GÍNA 



HÍAL. 

GÍNA 



HÍAL. 
GÍNA 
HÍAL. 
GINA 



(Hialmar retocando una prueba. Luego Gina con 
traje de calle y una cesta de provisiones al brazo.) 
¿ Ya de vuelta, Gina ? 

Sí. Hay que andar un poco lista. (Deja la cesta 
y se quita el sombrero y el mantón.) 
¿Has dado un vistazo ai cuarto de Gregorio? 
Ya lo creo ; y por cierto que el tal ha íiecho ya 
de las suyas. 
¿Qué lia ocurrido? 

hi mismo se arregló el cuarto, y luego se le 
ocurre encender la chimenea sin abrir !a ven- 
tana, y como es natural, la estancia se na íic;- 
nado de humo. ¡ Uf ! 
¡ Vaya una tontería ! 

Pues aun falta lo peor. No sabiendo cómo apa- 
gar el fuego, vertió un jarro en la chimenea y 
puso las baldosas que da asco verlas. 
¡ Qué barbaridad ! 

He dicho a ia portera que fregara el cuarto ; pero 
no hay que pensar en poner el pie en él antes 
de la tarde. 

¿Y dónde estará Gregorio entretanto? 
Ha dicho que iba a dar un paseo. 
Yo también bajé a verle después que saliste. 
Ya lo sé, y lo invitaste a almorzar, ¿no es eso? 



EL PATO SALVAJE 



37 



Sí ; siendo el primer día no podíamos excusar- 
nos de hacerlo. ¿Tendrás dispuesta para ello al- 
í^una cosilla? 
Lo procuraré. 

Bueno ; pero ten en cuenta que es fácil que ven- 
gan también Relling y Molvik. Encontré en la 
escalera a Rellin? y... 
¿Vendrán tam.bién esos dos? 
No te apures. Dos invitados más o menos es 
poca cosa. 

(Saliendo de su habitación.) Escucha, Hialmar. 
(Reparando en Gina.) 
¿Quiere usted algo, padre? 
No. no. i Hum ! (Entra en su cuarto ) 
(Tomando el cesto.) Haz que no salpa. 
Lo procuraré. Escucha, Gina : creo que no es- 
tará de más un poco de ensalada de arenques. 
Me creo que Relling y Molvik hcv estn.do de 
iuerga esta noche. 

Mientras no se planten antes de la hora. 
No. No te apresures. 
Bueno ; y tú trabaja un poco enfretanío. 
i Caramba ! Ya lo haso. Trabafo cnivAo ruedo. 
I Si' te lo digo para que puedas desc^nsir antes ! 
(Toma la cesta y vase a la cocina Hialmar con- 
tinúa trabajando a disgusto. ) 
(Entreabre la puerta de su cuarto v dice en voz 
baja.) ¿Es urgente lo que haces? 
Sí, sí, estoy consumiéndome con estas malditas 
fotografías. 

Si es así, continúa. (Vuelve a su cuarto, pero deja 
entreabierta la puerta.) 

(Trabaja un instante en silencio ; lue.^o deja el 
pincel y se dirige a la puerta.) 'Estás ocupado, 
padre? 

(Desde dentro y refunfuñando.) Pt^esto oue tú lo 
estás, yo también. 

I Bueno, bueno! (Vuelve a trabajar.) 
(Reaparece al cabo de un instante.) \ Caramba, 
Hialmar, no estoy tan ocupado que no pueda 
descansar un poco. 
¿Escribes? 



38 



ENRIQUE IBSEN 



EKD/\L Grabers aguardará un día o dos si quiere. No 
nos va en ello la vida. 

HIAT,. Y además, no eres t" esclavo de nadie. 

EKDAL No, y por otra parte, tenemos que hacer ahí 
dentro. (Señalando el desván.) 

HIAT... Tienes razón. ¿Quieres entrar? ¿Hav que abrir? 

EKDAL Si tú quieres... 

HTAL. (Levantándose.) Lo que se haga hoy ya estará 
hecho para mañana. 

EK^)AL Bien. Debe ouedar t'^do dispuesto para mañana 
muy temprano. Será mañana, ¿eh? 

HTAL. Sí. sí, m.añana. (Hialmar v Ekdal abren la puerta 
del fondo. En el interior del granero el sol entra 
por las claraboyas del techo. Algunas palomas re- 
volotean y se oye el cacareo de las gallinas.) 

H'AL. Bueno, ahora puedes entrar, padre. 

EKDAL (Entrando.) ¿No vienes? 

HÍAL. ¿Para qué? (Repara en Gina, que está en la 
P'ier'ca de la ^ocina.) No, no tengo tiempo, he 
de trabajar. (71ra de un cordel y cae una cortina 
de tela remen/ada, quedando el granero oculto^) 

HIAL. j Al fin podré estar tranquilo ! 

GINA ¿Ya está otra vez ahí dentro? 

HÍAL. Más vale tenerle ahí dentro que no que se vaya 
a la taberna de la señora Eríksen. (Se sienta.) 
¿Ya qué vienes? ¿Qué quieres? 

GINA Quería tan sólo preguntarte si podré servir aquí 
el almuerzo. 

HIAL. Sí. Como nadie viene temprano... 

GINA Quizá aquellos novios. 

FU AL. i Pues ya aguardarán otro día! 

CíTNA . Es nue les, dije que vinieran después de comer, 
mientras tú duermes. 

HIAL. En este caso, almorzaremiOS aquí. 

ÍjINA No es hora aún. Trabaja un poco todavía. 

HIAL. Ya ves que trabajo cuanto puedo. (Vase Gina, 
Pausa.) 

EKDAL (A la puerta del granero, por dentro, detrás de 
la red.) \ Hialmar ! 

HIAL. ¿Qué hay? 

EKDAL Me parece que no deberíamos cambiar de sitio 
el lebrillo... 



EL PATO SALVAJE 



39 



HÍAL. Nautralmente que no. 

EKDAL (Alejándose.) j Hum, hum, hum ! (Hielmar tra- 
bajo, un poco, luego mira al techo y se levanta.) 

HIÉL. (Poniéndose a trabajar con presteza.) ¿Qué quie- 
res? 

EDUV. Estar a tu lado solamente, papá. 

HIÉL. Todo lo husmeas. ¿Acaso me vigilas? 

EDUV. Dios me libre de ello. 

HIAL. ¿Qtté está hacieindo tu madre? 

EDUV. Arreí^la la ensalada. (A.cercándose a la mesa.) 
¿Quieres que te ayude, papá? 

HÍAL. No, no ; mejor será que trabaje yo solo, mien- 
tras me queden fuerzas. Nada tienes que temer, 
Eduvigís. ¡ Dios conserve la salud a tu padre ! 

EDUV. Vamos, papá ; no digas las cosas de esa manera. 
(Curiosea por la estancia y luego se para ante 
la puerta del granero.) 

HÍAL. ¿Qué hace el abuelo? 

EDUV. Creo que está arreglando un camino. 

HIAL. Nunca lo hará bien, si lo hace solo. ¡ Y sin po- 
derme mover de aquí ! 

EDUV. (Acercándose a Hialmar.) Dame el pincel. Dé- 
jame, papá. 

HIAL. i Tonterías ! Te cansarías la vista. 

EDUV. No, no. Dame el pincel. 

HÍAL. (Levantándos'e.) Bueno ; dos minutos nada más. 

EDUV. ¿Pero qué temes? (Toma el pincel.) Así. (Se 
sienta.) He aquí un modelo. 

HIAL. Cuidado con fatigarte la vista. ¿Oyes? Yo no 
seré responsable ; sólo tú tendrás la culpa. 

EDUV. Bien, bien ; yo, nadie más que yo. 

HIAL. Eres muy aplicada, Eduvigis. Dentro de dos mi- 
nutos vuelvo. (Entra con precaución en el gra- 
nero. Eduvigis trabaja. Dentro se oye disputar a 
Hialmar y Ekdal.) 

HIAL. (Asomándose a la cortina.) Eduvigis, dame las 
tenazas y el m.artillo, que están en el estante. 
(Dentro.) Ahora lo verás, padre. A lo menos dé- 
jame enseñártelo. (Eduvigis va a buscar las he- 
rramientas y se las da.) Gracias. (A su padre.) 
Ya es hora. (Se aleja de la puerta. Oyese su con- 



40 



ENRIQUE IBSBN 



GREG. 



EDUV. 

GREG. 

EDUV. 
GREG. 
EDUV. 

GREG. 
EDUV. 
GREG. 
EDUV. 

GREG. 
EDUV. 
GREG. 



EDUV. 



GREG. 
EDUV. 
GREG. 
EDUV. 
GREG. 
EDUV. 
GREG. 
EDUV. 
GREG. 
EDUV. 

GREG. 
EDUV. 
GREG. 

EDUV. 
GREG., 



versación y golpes de martillo. Eduvigis va a mi- 
rarlo. Llaman a la puerta sin que lo advierta.) 
(Entra y se detiene en la puerta. Va sin abrigo 
y sin sombrero.) ¿Nadie? 

(Vuelve el rostro y va a su encuentro.) Buenos 
días. Entre usted. 

Gracias. (Mirando al granero.) Parece que hay 
obreros ahí dentro. 

No ; son papá y el abuelo. Voy a avisarles. 
No, no, ya los esperaré. (Se sienta en el sofá.) 
¡Si está todo más desordenado!... (Quiere re- 
tirar las fotografías.) 

Deja. ¿Son las fotografías en que trabajas? 
Sí, para ayudar a papá. 
No quisiera molestarte. 

No tema usted. (Vuelve a trabajar y Gregorio 
la mira silencioso.) 

¿Ha dormido bien esta noche el pato silvestre? 
Me parece que sí ; gracias. 
(Volviendo el rostro al granero.) Con la luz del 
sol tiene esto un aspecto muy diferente del que 
anoche ofrecía. 

Completamente distinto. No es lo mismo por la 
mañana que por la noche, ni cuando llueve que 
cuando hace buen tiempo. 
¿Has reparado en eso? 
Fácil es observarlo. 

¿Te gusta estar al lado del pato silvestre? 
Sí, cuando puedo. 

No debe sobrarte tiempo. ¿Vas a la escuela? 
No, señor. Papá no quiere que me canse la vista. 
¿Te da lecciones en casa? 
Me lo prometió ; pero nunca le queda tiempo. 
¿Quién se ocupa de ti entonces? 
El preceptor Molvik ; pero no siempre..., por- 
que..., ya sabe usted... 
Que se emborracha con frecuencia. 
Creo que sí. 

Por lo que veo, te queda mucho tiempo. ¿Y el 
granero debe parecerte otro mundo? 
Sí; ¡hay tantas cosas extraordinarias!... 
¿De veras ? 



EL PATO SALVAJE 



41 



EDUV. Grandes armarios llenos de libros, con estampas 
en varios de ellos. 

GREG. ¡ Oh ! 

EDUV. Además, una cómoda con muchos cajones. Y un 
reloj de pared en el que aparecen preciosas figu- 
ritas al dar las horas ; pero desgraciadamente no 
anda. 

Eg que el tiempo no tiene medida en casa del 
pato silvestre. 

Justamente, Hay también cajas de distintos co- 
lores, y además muchísim.os libros. 
Que debes leer, ¿no es cierto? 
i Oh, sí ! Siem.pre que puedo. Sin embargo, la 
mayor parte están escritos en inglés y no sé lo 
que dicen ; entonces miro las láminas. Hay un 
libro que se llama : ((Harryson. — History of Lon- 
don», que es muy antiguo y tiene infinidad de 
estampas... Hay una que representa a la rnuerie 
con un reloj de arena y una virgen. ¡ Es muy 
fea !... Pero las otras representan iglesias, pala- 
cios, calles y grandes buques que surcan el mar. 
A Y cómo se procuraron ustedes tantas cosas bo- 
nitas? 

Las trajo un capitán viejo que vivió aquí. Le 
llamaban «El holandés herrante», lo que era una 
tontería, porque no era holandés. 
¿De veras? 

Y como no ha vuelto por aquí, todo ha- quedado 
en casa. 

Dime. ¿Y después de mirar estas láminas no te 
entran ganas de conocer el mundo, el verdadero 
mundo? 

i Oh, no ! Sólo deseo estar aquí para ayudar a 
mis padres. 

¿Retocando fotografías? 

También quisiera aprender el arte del grabado 
para hacer estampas como las de aquellos libros 
ingleses. 

¿Y qué dice papá a eso? 

Mi papá no piensa como yo. Dice que debo 
aprender el arte g|§ hacer cestos, pero no me 
gusta. 



42 



ENRIQUE IBSEN 



GREG. 
EDUV. 



GREG. 
EDUV. 
GREG. 
EDUV. 

GREG. 
EDUV. 
GREG. 

EDUV. 

GREG. 
EDUV. 



GREG. 
EDUV. 

GREG. 
EDUV. 

GREG. 
EDUV. 
GREG. 
EDUV. 



GREG. 

EDUV. 
GREG. 



GREG. 
GINA 



Ya me lo figuro. 

Sin embargo, papá tiene razón cuando dice que 
s! yo supiera tejer mimbres hubiera podido convS- 
truir la canasta del pato. 
Es verdad. 

Claro, como que el pato es mío. 
Precisamente. 

Es mío ; y también me í^usta que sea del abuelo 
y de papá. 

¿Y oué hacen con él? 
Cuidarlo, arreglarle caminos. 
De modo que al pato silvestre es el niño mima- 
do de la casa. 

Da pena verlo solo, sin poder comunicarse y 
esparcirse "con los dem.ás animalitos. 
No tiene familia como los conejos. 
Las gallinas tampoco, pero se juntan cuando co- 
men. El pato está siempre solitario y separado 
de los suyos. Hay, además, otra circunstancia : 
nadie sabe su origen ni de dónde lo han traído. 
Vivió en el fondo de los mares. 
(Mirando a Gregorio y reprimiendo una sonrisa}) 
¿Por qué dice usted en el fondo de los mares? 
¿Cómo se ha de decir entonces? 
Podría haber dicho en el fondo del mar o del 
agua. 

¿Y por qué no en el «fondo de los mares»? 
Me parece mal dicho. 

Pues no lo está. Y dime : ¿por qué te sonreiste? 
Pensaba en la diversidad de objetos que hay en 
el granero- y que podría llamarse aquello un 
maremámnm. \ Bah ! i Una tontería ! 
(Mirándola fijamente.) ¿Estás segura de que eso 
es un granero? 
¿Que si es un granero? 

¿Estás de ello segura? (Eduvigis le contempla 
con la boca abierta. Entra Gina con manteles y 
platos.) 

(Levantándose.) Temo haber venido pronto. 
No : ya está listo el almuerzo. Eduvigis, des- 
ocupa la mesa. (Eduvigis lo hace, Durante esta 



EL PATO SALVAJE 



43 



escena, ella y Gina arreglan la mesa. Gregorio 
hojea un álbum.) 

GREG. Veo que también sabe usted retocar fotografías, 
señora Ekdal. 

GlNA (Sin mirarle.) Un poco. 

GREG. ¡ Vaya una feliz coincidencia ! 

GINA ¿Por qué? 

GREG. Como Ekdal es fotógrafo. 

GÍNA Sí, me ha sido necesario aprenderlo. 

GREG. Y es posible que además lleve las cuentas..., el 
negocio. . . 

GÍNA Cuando Hialmar no tiene tiempo... 

GREG. Su anciano padre debe de entretenerlo mucho. 

GINA Y además, no es trabajo digno de mi marido el 
retratar al primero que se presente. 

GREG. ¡Ya lo creo!... Sin embargo, habiendo escogi- 
do esa profesión... 

GINA Ya supondrá usted, señor Werlé, que Hialmar no 
es un fotógrafo cualquiera. 

GREG. Seguramente ; pero... (Suena un disparo dentro 
del granero.) ¿Qué ha sido? 

GINA i Uf ! Ya tira otra vez. 

GREG. I Disparan armas de fuego ! 

EDUV. Están cazando. 

GREG. ¿Cómo es eso? (Acercándose al granero.) ¿Es- 
tás cazando, Hialmar? 

HIAL. (Desde dentro.) ¿Tú aquí? Pues no sabía... 
(Entra. A Eduvigis.) ¿Cómo no me has avi- 
sado? 

GREG. ¿Disparas en el granero? 

HIAL. (Sacando una pistola.) Solamente con esto... 

GINA Ni el abuelo ni tú estaréis satisfechos hasta que 
hayáis ocasionado alguna desgracia con vuestra 
pistola. 

HIAL. (Colérico.) Ya te he dicho que es revólver. 

GINA Lo mismo da. 

GREG. ¿De modo que te has hecho cazador? 

HIAL. Sí; disparamos a los conejos... Ya comprendes, 
para dar gusto a mi padre solamente. 

GINA i Vaya con los hombres ! Siempre quieren re- 
crearse. 



44- ENRIQUE IBSEN 

HIAL. (Irritado.) Sí, mii]er, sí, en al»o hemos de re- 
crearnos. 

GÍNA Eso es precisamente lo aue he dicho yo. 

HIAL. Está bien, está bien. (A Gregorio.) Mira, este 
granero está situado de tal m^odo que nadie oye 
nuestros disparos. (Deja la pistola en el estante 
más alto.) No toques el revólver. Eduvigis ; 
acuérdate que tiene un cañón cargado. 

GREG. (Mirando por la puerta del granero.) Veo que 
tienes también un fusil. 

HIAL. Es de mi padre ; pero no se puede utilizar por- 
que tiene algo roto. Sin embargo, nos gusta te- 
nerlo. Lo desmontamos, limpiamos, encrasamos v 
revisamos de vez en cuando. Excuso decirte que 
es mi padre quien con ello se entretiene. 

FDUV. (Avroximándose a Greoorio.) Ahora puede us- 
ted ver el pato silvestre, 

GREG. Mirádolo estaba. Parece que lleva un ala col- 
gando. 

HIAL, No es de extrañar, núes le hirieron. 

GREG. También cojea. 

HTAL- Sí, algo. 

HDUV. Por aquella pata lo asió el perro. 

HIAL. Aparte de esto, no tiene mal alguno, lo que no 
deja de ser admirable, si se tiene en cuenta que 
recibió una lluvia de nlomo y fué presa de los 
colmillos de un perro, 

GREG. (Mirando a Eduvigis.) Y que ha estado en el 
fondo de los mares. 

EDUV. (Sonriendo.) Sí. 

GÍNA ¡ Maldito pato ! No vale la molestia nue da. Es 
una verdadera calamidad. 

HIAL. ^' Está ya servido el almuerzo? 

GINA En seguida. Ayúdame, Eduvigis. (Vanse a la co- 
cina Gina y Eduvigis.) 

HIAL. (A media vozJ) Vale más que te quit^.s de ahí. 
Mi padre no gusta de que lo vean. (Grcp^orio se 
aparta.) Ahora voy a cerrar antes de cue lleguen 
los otros. (Ahuyentando a dos o tres gallinas qnr 
han entrado en el taller.) Ea, marchaos de aquí. 
(Levanta la cortina y cierra la puerta.) Esta tác- 
tica es de mi invención. Aprovechando restos in- 



EL PATO SALVAJE 



45 



GREG. 
HIAL. 

GREG. 
HiAL. 

GREG. 
HIAL. 
GREG. 
HiAL. 



GREG. 
HIAL. 



GREG. 
HIAL. 



GREG. 
HÍAL. 
GREG. 
HIAL. 



GREG. 
HIAL. 



GREG. 
HIAL. 



servibles, hago cosas útiles. Era necesario, ya 
que Gina no quiere conejos ni gallinas en el 
taller. 

¿Y es por ventura la mujer quien manda aquí? 
Por regla general le relego las tareas ordinarias 
para dedicarme yo a cosas más graves. 
¿En qué piensas, Hialmar? 
¡ Gracias a Dios 1 ¡ Al ñn lo preguntas ! ¿ No has 
oído hablar de mi invento? 
No ; ¿de qué invento? 
¿De veras no has oído hablar de él? 
¿Pero es que has hecho algún descubrimiento? 
Aun no ; io estoy ultimando. Comprenderás que 
un hombre como yo no se dedica a la fotogra- 
fía para retratar a cuatro necios. 
Así acaba de decírmelo tu mujer. 
Al dedicarme a este oiicio juré hacer de él un 
arte o una ciencia. Por eso me ocupo en un 
descubrimiento. 
¿Y en qué consiste? 

No ^me preguntes los detalles todavía. Da tiem- 
po al tiempo. No creo que se reduzca todo a 
vaciedad y hojarasca. No trabajo para mí, no ; 
aspiro a una gloria más alta. 
¿Qué gloria? 

¿Te olvidas de mi pobre viejo? 
¿Tu padre? ¿Qué puedes hacer? 
Sí ; quiero salvar al náufrago sin ventura. La 
tempestad descargando sobre su cabeza el te- 
rible proceso, le humilló. Mira, este revólver 
con el que mato ahora conejos, representó un 
trágico papel en la historia de la familia Ekdal. 
¿El revólver? 

Cuando supo que le condenaban a presidio, con 
esta arma quiso matarse, pero le faltó valor. Su 
alma se había debilitado. ¿Te explicas tú esto? 
ün militar, un cazador de osos, ¿comprendes que 
se acobardase así? 
Lo comprendo perfectamente. 
Yo no. Más tarde intervino el revólver en nues- 
tra tragedia. Cuando io vi en traje de presidia- 
rio, ¡ oh, qué angustia ! Yo estaba encerrado siem- 



46 



ENRIQUE IBSEN 



GREG. 

HIAL. 

GREG. 
HIAL. 
GREG. 
HIAL. 



GREG. 
HIAL. 



GREG. 
HiAL. 



GREG. 
HIAL. 



GREG. 
HIAL. 



GREG. 



pre en casa. La luz del sol y las conversaciones 
de los desocupados me parecían absurdas. No 
comprendía. Todo, a mi juicio, debiera ser oscu- 
ro y callado ; que la naturaleza cambiara de as- 
pecto, como acontece durante un eclipse. 
A mí me pasaba lo mismo, cuando murió mi 
madre. 

En aquella hora terrible, apoyé en mi pecho el 
cañón de este revólver. 
¿También tú querías?... 
Sí, terminar de una vez. 
Pero no consumaste el suicidio. 
No ; en el instante supremo, vencí mi desespe- 
ración. Me resigné a vivir ; y créeme que se 
necesita valor para vivir en tales circunstancias. 
Esto depende de como se mire. 
Sólo puede mirarse de una manera. Afortunada- 
mente, acerté en mi solución, pues el doctor 
Reiilng cree que con m.i descubrimiento mi pa- 
dre podrá de nuevo vestir su tmiforme. Este 
será mi premio. 

¿Es, pues, el uniforme lo que...? 
Sí, esta . es su ambición, su más ardiente deseo. 
Cada vez que celebramos alguna tiesta de fa- 
milia, el viejo se presenta vestido de uniforme, 
recordando los tiempos felices... Pero si alguien 
llama, huye a su habitación ; corre cuanto le 
permiten sus piernas cansadas. No se atreve a 
exhibirse así. Esto destroza el corazón, Gregorio, 
el corazón amante de un hijo. 
¿Cuánto tiempo necesitas para terminar este in- 
vento? 

No me preguntes, por Dios, estos detalles. ¿Cuán- 
to tiempo? ¿Acaso puede decirse tratándose de 
un descubrimiento? ¡ Depende de tantas cosas ! 
¿Pero adelantas? 

Naturalmente. No paso día sin hacer alguna ob- 
servación. Después de comer me encierro en el 
salón, donde medito en silencio. Pero no hay que 
precipitarse. Relling piensa lo mismo : no . hay 
que apresurarse. 
¿Y no temes distraerte al ocuparte del granero? 



LL PATO SALVAJE 



47 



No, no, muy ai contrario. No digas eso. Es 
imposible andar iodo el día con la obsesión cons- 
tante de una sola idea. Ya sé lo que hago. 
Mira, Hialmar, me parece que hay en ti algo 
de pato silvestre. 
¿De pato silvestre? ¿Por qué? 
Porque te has hundido en una charca y te agarras 
al tondo como él. 

¿Te rerieres al contratiempo que nos hirió a mi 
padre y a mí? 

iNo quiero decir que tú estés herido, sino que 
has contraído una dolencia y te sumerges para 
morir en la oscuridad. 

¡Morir en la oscuridad! ¿Yo? No digas ab- 
surdos, Gregorio. 

Cálmate y cuenta conmigo. Desde ayer mi vida 
tiene un objeto. 

No íe ocupes de mí, porque, aparte mi natural 
meiancoila, tengo aún tuerzas para todo. 
Este *es otro de los efectos del veneno. 
No me hables de enfermedades ni venenos ; no 
me gustan esas conversaciones. Aquí nadie ha- 
bla de cosas tristes. 
No lo dudo. 

De' nada aprovecha eso. Aquí no hay, contra lo 
que supones tú, ni miasma, ni charco infecto al- 
guno. Este es el humilde hogar de un fotógrafo, 
lo sé ; mi situación es modesta... Soy un pobre 
inventor, y además, padre de familia, y esto me 
pone por encima de mi posición... ¡ Ah ! Ya traen 
el almuerzo. (Entran Gina y Eduvigis con bote- 
llas, vasos, etc., Relling y Molvick sin abrigo ni 
sombrero. El segundo con traje negro.) 
(Arreglando la mesa.) Puntuales son ustedes. 
Molvick ha olido los arenques y sube olfateando 
con ansia... Buenos días. 

Gregorio, íe presento al preceptor Molvick y al 
doctor... Pero, ¡calle!, ¡si ya lo conocías! ¿No 
es cierto? 
Sí, algo. 
Ya lo creo, es el hijo del señor Werlé. Sí, nos 



48 



ENRIQUE IBSENÍ 



GREG. 
RELL. 



GREG. 

HIAL. 
RELL. 
HIAL. 

GREG. 
HIAL. 



RELL. 

GÍNÁ 
RELL. 
GÍNA 
RELL. 
GINA 
MOLV. 

RELL. 



GREG. 
RELL. 
GREG. 
RELL. 



GREG. 
RELL. 
GREG. 
RELL. 

GREG. 



conocimos allá en Heydal. ¿Ahora vive usted 
aquí? 

Aquí vivo desde hoy. 

Molvick vive conmigo abajo ; de modo que en 
caso de necesitarnos, tiene a su disposición un 
médico y un profesor. 

Gracias. Podría ocurrirme algo, pues ayer éra- 
mos trece a la mesa. 
Vamos, no hables más de cosas tristes. 
Tranquilízate, Hialmar ; eso no va contigo. 
Así lo deseo por mi familia. Pero ahora senté- 
monos, comamos, bebamos y alegrémonos. 
¿No llaman a tu padre? 

No ; prefiere almorzar más tarde, solo en su 
cuarto. Sentémonos. (Siéntanse los cuatro y al- 
muerzan, servidos por Gina y Eduvigis.) 
Señora Ekdal ; ayer noche Molvick se embo- 
rrachó. 
¿Otra vez? 

¿No oyó usted cuando lo traje? 
No, no he oído nada. 
Mejor, porque era un cuadro lamentable. 
¿De veras, Molvick? 

Más vale que pasemos una esponja sobre los 
incidentes de anoche. 

(A Gregorio.) Se pone entonces como sugestio- 
nado. Y de paso me sugestiona a mí. Molvick es 
demoníaco. 
¿ Demoníaco ? 

Sí, sí ; Molvick es presa del diablo. 
¡ Hum ! 

Esta clase de individuos no pueden marchar en 
linea recta; necesitan hacer eses de vez en cuan- 
do. (Pausa.) ¿Ha estado usted inucho tiempo 
en la montaña? 
Mucho. 

¿Realizó usted aquella idea? 
¿Cuál? 

Aquella idea que proponía usted a los obreros, 
y que llamaba «La reclamación id«al». 
Era yo muy joven entonces. 



EL PATO SALVAJE 



49 



RELL. Es cierto, era usted muy joven, y «La reclama- 
ción ideal» no fructificaba todavía. 

GREG. Ni más tarde tampoco. 

RELL. Habrá tenido usted el buen sentido de transigir, 
¿no es eso? 

GREG. Yo no transijo jamás. 

HÍAL. Gina, trae manteca. 

RELL. Y un pedazo de tocino para Molvick. 

A40LV. ¡Oh!, nada de tocino. (Llaman a la puerta del 
granero.) 

HIÁL. Abre, Eduvigis ; el abuelo quiere entrar. (Edu- 
vigis entreabre ¡a puerta. Entra Ekdal con un 
conejo muerto.) 

EKDAL ¡ Buenos días, señores, y buena caza ! Hoy he 
matado esta soberbia pieza. 

HIAL. ¡Y la has desollado sin esperarme! 

EKDAL También la he salado. La carne del conejo es 
tierna y sabrosa. ; Buen apetito, caballeros ! (En- 
tra en su cuarto. 

MOLV. (Levantándose.) Dispensen ustedes ; no puedo 
más ; tengo que marcharme. 

RELL. Toma agua de seltz, infeliz. 

MOLV. i Oh ! ¡ Oh ! (Vase.) 

RELL. (A Hialmar.) Brindemos a la salud del anciano 
cazador. 

HIAL. (Brindando.) A la salud del viejo. 

RELL. Brindo por su^ canas. (Bebe.) Y a propósito, 
¿sus cabellos son blancos o grises? 

HIAL. Ni del todo blancos ni del todo negros. Pocos 
le quedan. 

RELL. Bien mirado eres feliz, Ekdal. Con el descu- 
brimiento que te apasiona... 

HIAL. Trabajo con ardor para conseguirlo, ya lo sabes. 

RELL. Y además con una mujer tan diligente, previ- 
niéndolo todo, cuidándolo todo. 

HÍAL. ¡ Oh, sí ! Gina. (Mirándola con amor.) Eres una 
excelente compañera. 

RELL. Y tu Eduvigis, que es un encanto. 

HIAL, (Emocionado.) \ Oh, la niña ! ¡ La niña sobre 
todo ! Eduvigis, acércate. (La acaricia.) Di, ¿qué 
día es mañana? 

EDUV. (Sacudiéndolo.) No digas nada, papá. 



50 ENRIQUE /BSFN 

HIAL. Mi corazón sufre al pensar que sólo puedo ofre- 
certe un poco de fiesta en el granero. 

EDUV. Pues eso, precisamente, es lo que más me gusta. 

RELL. (A Edüvigis.) Ya verás cuando haya terminado 
el famoso descubrimiento. 

HIAL. ¡ Oh, entonces ! He resuelto asegurarte el por- 
venir. Nada te faltará hasta el fin de tus días. 
Pediré algo para ti. Una cosa u otra. Solamente 
aspiro a verte dichosa. Es la tínica recompensa 
del pobre inventor. 

EDUV. (Echándole los brazos al cuello,) ¡ Querido papá ! 
¡ Papá de mi alma ! 

RELL. (A Gregorio.) ¿Qué dice usted ahora, sentado a 
una mesa bien preparada y en el seno de una 
familia feliz? 

HIAL. Por nada trocaría estos momentos. 

GREG. Me ahogan las emanaciones de la charca. 

RELL. ¿De la charca? 

HIAL. No insistas, 

GINA Yo le juro a usted, señor Werlé, que el aire que 
respira usted aquí es puro ; pues buen cuidado 
tengo en ventilar cotidianamente la casa que 
Dios nos ha dado. 

GREG. (Levantándose de la mesa.) La peste a que yo 
me refiero no sale por las ventanas. 

HIAL. ¡ La peste ! 

GINA ¿Qué dices ttí, Hialmar? 

RELL. Oiga, quizás la haya traído usted de allí, de la 
fábrica. 

GREG. No es precisamente corrupción lo que he venido 
a traer a esta casa. 

RELL. (Acercándose a Gregorio.) Escuche usted. Sos- 
pecho que guarda todavía en el bolsillo... {La 
reclamación ideal. 

GREG. En mi pecho la conservo. 

RELL. Consérvela usted donde guste, ¡ voto al diablo ! 
Le aconsejo solamente que no la saque aquí y 
en mi presencia. 

GREG. ¿Y si no le hiciera caso? 

RELL. Bajará usted a la calle de cabeza. Se lo juro. 

HIAL. ^ (Levantándose.) Calma, Relling. 

GREG. Puede usted hacerlo, si gusta. 



EL PATO SALVAJH 



51 



GINA 

EDUV. 

HIAL. 

GINA 

WERLE 

GINA 
HIAL. 

WERLE 

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WERLE 

GREG. 

GINA 

WERLE 
HIAL. 



GREG. 
WERLE 



GREG. 

WERLE 
GREG. 
WERLE 
GREG. 



WERLE 
GREG. 

WERLE 
GREG. 
WERLE 
GREG. 



(Interponiéndose.) Deje usted, Relling. ¡ Silen- 
cio ! (Llaman a la puerta.) 
Llaman, mamá. 

(Malhumorado.) ¡ Ya empiezan las molestias ! 
Déjame hacer. (Abre, y se retira bruscamente 
con sorpresa.) \ Oh, aquí ! (Entra Werlé.) 
Dispensen ustedes. Creo que mi hijo vive en 
esta casa. 

(Sofocada.) Sí, señor. 

(Acercándose a Werlé.) Sírvase usted, señor 
Werlé... (Mostrándose servicial.) 
Gracias. Quería tan sólo hablar a mi hijo. 
Heme aquí. ¿Qué se te ofrece? 
Deseo hablarte a solas. 
Vamos a mi cuarto. 

No ; aun apesta y está sucio ; no es posible re- 
cibir en él. 

Salgamos a la escalera. Quiero hablarte a solas. 
Nos iremos nosotros. Ven al salón, Relling. 
(Hialmar y Relling salen por la derecha ; Gina y 
Eduvigis por la puerta de la cocina. Pausa.) 
Ya estamos solos. 

Hiciste ayer algunas insinuaciones... Y el haberte 
venido a vivir a casa de los Ekdal me induce 
a sospechar que tienes respecto a mí no muy buen 
propósito. 

Mi intención es quitar la venda a Hialmar Ekdal. 
Quiero que conozca su verdadera situación. 
¿Es ésa tu misión? 
Sí, la única que me has dejado. 
¿Soy, pues, yo quien te ha conturbado el ánimo? 
Tú has malogrado mi existencia. No se trata 
de mi madre. A ti debo los remordimientos que 
me atormentan, 
i Gregorio ! 

Debía revolverme contra ti cuando, por tu cul- 
pa, se deshonraba al capitán Ekdal. 
¿Por qué no lo hiciste? 
No me atreví ; estaba como sugestionado. 
Por lo que veo, te ha pasado ya ese temor. 
Afortunadamente, sí. El mal que hicimos a Ek- 
dal es irreparable. Por lo que respecta á Hial- 



52 



ENRIQUE IBSEN 



WERLE 

GREG. 

WERLE 

GREG. 

WERLE 

GREG. 

WERLE 



GREG. 

WERLE 

GREG. 
WERLE 

GREG. 
WERLE 

GREG. 

WERLE 

GREG. 

WERLE 

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WERLE 
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WERLE 

GREG. 

WERLE 

GREG. 

WERLE 

GREG. 

WERLE 

GREG. 

HIAL. 



mar, puedo salvarle aún de la mentira que le 
rodea. 

¿Y crees que eso es una buena acción? 
Estoy de ello perfectamente convencido. 
¿Crees que Hialmar te lo agradecerá? 
Así lo espero. 
Ya lo veremos. 

En fin, todo lo soportaré ; busco tan sólo un re- 
medio para mi conciencia enferma. 
Es inútil. Adquiriste ese mal en tu infancia. Lo 
has heredado de tu madre, Gregorio : es su úni- 
co legado. 

(Con ironía.) ¿No te has tragado todavía el 
desengaño que te dio la fortuna de mi madre? 
Ea, no nos salgamos de la cuestión. ¿Insistes 
en dar explicaciones a Hialmar? 
Estoy resuelto a ello. 

En ese caso, es inútil preguntarte si quieres 
volver... 
No. 

Bueno. Pero como voy a casarme, te entregaré 
lo tuyo. 

(Con viveza.) No, nada quiero. 
¿Nada quieres? 

No. Mi conciencia me prohibe aceptar nada 
de ti. 

(Al cabo de un instante.) ¿Ocuparás de nuevo 
un puesto en la fábrica? 
No ; he dejado tu servicio. 
¿Qué harás entonces? 
Conseguir el objeto de mi vida ; nada más. 
Pero, y cuando lo hayas logrado, ¿de qué vi- 
virás? 

Tengo algunos ahorros. 
Que no serán perdurables. 
Creo que durarán tanto como mi vida. 
¿Qué quieres decir? 
Nada. 

Pues entonces, adiós, Gregorio. 
Adiós. (Vase Werlé.) 
(Entreabriendo la puerta.) ¿Ha salido ya? 



EL PATO SALVAJE 



53 



GREG. Sí. (Entran Gira y Eduvigis por la puerta de 
la cocina.) 

El almuerzo se ha enfriado. 
Vete a vestir, Hialmar, daremos un pasco. 
Con m.ucho gusto. ¿Qué te ha dicho tu padre? 
Ya hablaremos de eso. Ve a ponerte el abrigo. 
Te espero. (Vase.) 
No vayas. 
No, no. ¡ Déjale ! 

(Cogiendo el abrigo y el sombrero.) i No ! Cuan- 
do un amigo de la infancia quiere confiarnos 
algo... ¡No! 

¿Cree usted que Gregorio esté verdaderamente 
loco? 

Su madre padecía también esas crisis. 
Razón de más para merecer la solicitud de un 
amigo. (A Gina.) Sobre todo, a la hora la co- 
m.ida. Hasta luego. (Váse.) 
¡ Qué lástima que ese hombre no se largara al 
infierno por cualquier pozo de las minas de 
Heydal ! 

¡Jesús! ¿Por qué dice usted eso? 
(Entre dientes.) Por nada. Porque tengo mis te- 
mores. 

¿Cree usted que Gregorio esté verdaderamente 
loco? 

No, por desgracia ; es loco como toda la huma- 
nidad. Lo que hay es que le aqueja un padeci- 
miento físico. 

¿Qué enfermedad tiene, pues? 
Vov a decírselo, señora. Tiene una dolencia que 
se llama fiebre de justicia. 
¿Es una enfermedad eso? 

Sí, y una enfermedad terrible. (Saludando a Gi- 
na.) Hasta luego. (Váse.) 

(Yendo de un lado a otro, inquieta.) ¡ Ah ! ¡ Gre- 
gorio Werlé ! ¡ Gregorio Werlé ! 
(Mirándola atentamente desde la mesa en la cual 
se apoya.) ¡ Todo lo que hoy ocurre es extra- 
ordinario ! 



54t 



ENRIQUE IBSEN 



ACTO CUARTO 



La misma decoración. Acaban de retratar. En medio de la pieza está 
la cámara sobre el trípode, cubierta por un paño negro. 



GINA 



EDUV. 
GINA 

EDUV. 
GINA 

EDUV. 

GINA 

EDUV. 

GINA 

EDUV. 

GINA 

EDUV. 

GINA 
HIAL. 



GINA 

HIAL. 

GINA 

HIAL. 

EDUV. 

HIAL. 

GINA 



(Asomada a la puerta de la escalera, dirigiéndose 
a alguien que se supone acaba de salir.) Pueden 
contar con elio. Cumplo siempre lo que prometo. 
El lunes les podré entregar la primera docena. 
Buenas tardes. (Oyense pasos en la escalera. 
Gina cierra la puerta y pone en su sitio las cosas 
desordenadas.) 

(Viniendo de la cocina.) ¿Se han marchado ya? 
Sí, gracias al cielo. Al fin se retrataron y se 
fueron. 

¿Cómo explicas que papá tarde tanto? 
A Estás segura de que no está en casa de Re- 
lling? 

No, no está. Acabo de convencerme de ello. 
La comida estará helada. 

¡ Papá, que no falta nunca a la hora de comer ! 
Vendrá pronto. No te apures. . 
; Ojalá ! Todo me parece tan extraño ahora... 
Ya sube. 

(Corriendo hacia Hialmar.) ¡ Papá ! ¡Oh, si su- 
pieras cómo te esperábamos ! 
Has tardado mucho. Nos tenías impacientes. 
(Sin mirarla.) Es muy tarde, sí. (Gina y Edu- 
vigis quieren ayudarle a quitarse el abrigo. Hial- 
mar se aparta y se lo quita solo.) 
¿Has comido con Werlé? 
(Colgando el abrigo.) No. 
Pues voy a traerte la comida. 
Déjalo. No comeré por ahora. 
¿No te encuentras bien, papá? 
Ni bien ni mal. He dado con Gregorio un largo 
paseo. Tanto andar fatiga. 
No debías haberle seguido ; tú no estás acos- 
tumbrado. 



EL PATO SALVAJE 



55 



HIAL. Hay muchas cosas a que debe acostumbrarse 
un hombre. (Paseándose.) ¿No ha venido nadie 
durante mi ausencia? 
Aquellos novios solamente. 
¿Nadie más? 
Nadie más. 

Ya vendrá más gente mañana, papá. 
Así sea. Mañana empiezo a trabajar seriamente. 
¡Mañana! ¿Olvidas qué día es mañana? 
Es verdad. Desde pasado mañana. Quiero ha- 
cerlo yo todo, intervenir en todo... 
Sí, para envenenarte la existencia. Yo me basto 
para el taller, y tú continúa trabajando en tu* in- 
vento. 

¿Y el pato silvestre, los conejos y los...? 
No me hables de esas monadas. Desde ma- 
ñana ya no pongo los pies en el granero. 
¿Y la fiesta que me ofreciste? 
Tienes razón. Desde pasado mañana entonces. 
i Maldito pato silvestre ! ¡ Tengo unas ganas de 
ahogarlo ! 

(Dando un grito.) ¿Al pato silvestre? ¡Mira, 
papá, el pato es mío ! 

Tan sólo eso me contiene. Por causa tuya, Edu- 
vigis ; por amor a ti, no lo estrangulo. Yo ao 
debería tolerar aquí nada, nada que viniese de 
aquellas manos. 

¿Olvidas que Petersen lo regaló a tu padre? 
(Paseando.) Hay ciertos derechos, los derechos 
del ideal, si queréis ; ciertas obligaciones, a ías 
que no puede uno sustraerse sin envilecer su 
alma. 

(Siguiendo a Hialmar.) Pero el pato, el pobre 
patc silvestre... 

(Parándose de pronto.) ¿No te digo que por ti 
lo perdono? Hay deberes que cumplir más sa- 
grados aún que éstos. Pero es tiempo de que 
bajes como todos los días. Ha anochecido ya. 
No quiero salir hoy. 

Pues hay que salir. Parpadeas mucho... Esos 
ojos... Anda ; el aire te aliviará. La atmósfera 



56 



ENRIQUE IBSEN 



está cargada en esta habitación, y eso no te 
conviene. 

EDUV. Bueno, bueno. Te obedezco. ¡El abrigo!... El 
sombrero... ¡Ah!..., están en mi cuarto. ¡No 
hagas daño al pato mientras esté yo fuera ! 

HIAL. Ni una pluma caerá de su cabeza. (Abrazán- 
dola.) ¡ Eduvigis mía!... ¡Anda, vete! (Eduvigis 
saluda a sus padres y vase.) 

HÍAL= (Paseando sin levantar los ojos.) ¡ Gina ! 

GINA ¿Qué hay? 

HIAL. Desde mañana... ; digo, desde pasado mañana, 
quiero administrar yo la casa. 

GINA ¿Ahora quieres encargarte de la administración? 

HIAL. Necesito comprobar los ingresos. 

GINA ¡ Ah, Dios mío ! No tendrás que contar macho. 

HIAL, Pues no lo parece. El dinero en tus manos llega 
para todo. (Mirándola.) ¿Cómo te las compones 
para ello? 

GINA i Necesitamos- tan poco Eduvigis y yo ! 

HIAL. ¿Es cierto que mi padre es espléndidamente re- 
munerado en casa del señor Werlé? 

GINA No sé. Ignoro cómo se acostumbra a pagar 'a 
copia. 

HIAL. Veamos. ¿Cuánto cobra, poco más o menos? 

GINA Gana lo que nos cuesta su manutención y lo 
que él gasta. 

HIAL. i Lo que nos cuesta su manutención! ¿Por qué 
no me lo dijiste antes? 

GINA No quise decírtelo. ¡ Te era tan dulce creer que 
le mantenías I 

HIAL. ¡ Y quien lo mantenía era el señor Werlé ! 

GINA i Oh ! Tiene con qué hacerlo el señor Werlé. 

HIAL. ¿Quieres encender la luz? 

GÍNA (Encendiendo el quinqué.) Además, no sabemos 
aun si es el señor Werlé o el mismo Graberg 
quien favorece al abuelo. 

HIAL. ¿Graberg? ¿Intentas apartarte de la cuestión? 

GÍNA En fin, no sé nada ; pero supones... 

HIAL. ¡Uf!... 

GINA Acuérdate que no fui yo quien procuró ese em- 
pleo al abuelo. Fué Berta Soerby cuando entró 
en aquella casa. 



HL PATO SALVAJE 



57 



HÍAL. 

G1NA 
fííAL. 

GINA 

HIAL. 

GÍNA 



HIAL. 

GÍNA 



HIAL. 
GINA 



HIAL. 

GINA 
HÍAL. 

GINA 
HIAL. 

GÍNA 



HIAL. 



GINA 
HIAL. 



Parece que '^ tu voz tiembla. 
(Poniendo la pantalla.) ¿Mi voz? 
Tus manos tiemblan también. No me equivoco. 
(Con resignación.) Habíame claramente, Hial- 
mar. ¿Qué te han dicho de mí? 
¿Es verdad que tuviste con Werlé relaciones 
de cierta índole cuando servías en la casa? 
No es verdad. Entonces, no. La señora lo creía 
y sus celos rabiosos la trastornaron. Insultos y 
.golpes..., eso recibí de la señora, yo que nunca 
ia hice daño. Abandoné su casa, volviendo a la 
de mi madre. 
Pero fué más tarde... 

Sí, volví a servir a los V/erlé, como sabes. Mi 
madre no era rica. En esa época, el señor Werlé 
había ya enviudado... y... 
¡ Y luego !... 

Confiábamos en que nos amparase ; pero no hizo 
nada por nosotros hasta conseguir lo que que- 
ría. 

(Juntando las manos.) \ Y ésta es la madre de 
mi hija ! ¿Cómo has podido fingir tanto tiempo? 
Tienes razón. Deber mío era confesártelo. 
Tu deber era decírmelo en seguida para que yo 
te conociese. 

¿Te tubieras casado conmigo? 
i Y tienes la osadía de suponerlo ! 
Por eso no te lo dije. Yo estaba enamorada de 
ti, sábelo, y no tuve fuerzas para labrar mi 
desventura. 

(Paseando.) ¡ Y ésta es la madre de mi hija ado- 
rada ! ¡ Y pensar que todo lo que me rodea ! . . . 
(Da un puntapié a una silla.) \ Todo mi hogar 
se lo debo a ese hombre ! . . . ¡ Oh ! ¡ Qué lindo 
seductor el viejo V/erlé ! 

¿Te pesan los quince años de nuestro matri- 
monio ? 

(Colocándose en frente de ella.) Dime, ¿no te 
ahogabas día por día, minuto por minuto, bajo 
esa tela de miserables embustes que tejiste a 
joii alrededor como araña ponzoñosa? ¡ Contés- 



58 ENRIQUE IBSEN 

tame ! ¿ No has vivido torturada por angustias 
y remordimientos? 

GINA ¡ Ah, Elida ! ¡ El cuidado de la casa y el trabajo 
cotidiano no me han dejado tiempo para ello ! 

HÍAL. ¿Y nunca miraste hacia el pasado? 

GINA Llegué a olvidar por completo aquella falta. 

HIAL. ¡ Oh, qué insensibilidad ! \ Esto me indigna más ! 
i Ni asomo de remordimiento ! 

GINA Dime, ¿qué habría sido de ti si no hubieses en- 
contrado una mujer como yo? 

HIAL. ¡Una...! 

GINA Tengo más años y más juicio que tú. 

HÍAL. i Qué habría sido de mí ! 

GINA Ibas por muy mal camino cuando me conociste. 
Acuérdate ; caminabas ciego y desorientado. 

HÍAL. ¡ Mal camino ! ; Oh ! No sabes lo que pasa en 
el corazón de un hombre entregado al pesar y 
a la desesperación, y sobre todo con un tempe- 
ramento ardiente como el mío. 

GINA Bien, no lo niego, ni entraré en todos estos 
detalles. Pero al tener casa y familia te cal- 
• maste por completo. Nada más tranquilo y ri- 
sueño que nuestro hogar. 

HIAL. i Tranquilidad basada en la mentira! 

GINA ¿A eso ha venido ese maldito sujeto? 

HIAL. Yo era dichoso en mi casa... ¡Maldita ilusión! 
¿Y ahora, dónde buscaré las energías que ne- 
cesito para completar mi descubrimiento? Mo- 
rirá conmigo y será tu pasado, Gina, quien lo 
habrá muerto en flor. 

GINA (Próxima a llorar.) No digas eso, Hialmar ; tu 
bien es, y ha sido, el único anhelo de mi vida. 

HIAL. Dime, ¿qué será de la gloria soñada por el pa- 
dre de familia? Cuando pensaba en mi invento 
presentía ya que agotaría todas mis fuerzas, y 
que cuando se me concediera el privilegio de 
invención mi alma volaría para no volver. Y 
mi ilusión era que tú, fiel a mi memoria, fueses 
honrada y te energullecieses de ser la viuda del 
inventor difunto. 

GINA (Enjugándose las lágrimas.) No lo digas, Hial- 
mar. Yo no quiero vivir cuando tú mueras. 



EL PATO SALVAJE 



HIAL. ¡ Oh ! ¿Qué importa? ¡ Si todo se hundió ! ¡ To- 
do !... 

GREG. (Asomándose a la puerta.) ¿Puedo entrar? 

HIAL. Sí, entra. 

GREG. (Con cara de satisfacción y tendiéndoles las ma- 
nos.) ¡ Queridos amigos ! (Mira a uno y a otro 
V dice bajo a Hialmar.) ¿Ya os lo habéis dicho 
todo? 

HIAL. (Con voz sombría.) Sí, todo. He pasado la hora 
más amarga de mi vida. 

GREG. Y la más pura, ¿no es eso? 

HIAL. En fin, por ahora todo ha terminado. 

GINA i Que Dios le perdone, Gregorio ! 

GREG. (Sorprendido.) ¡ No comprendo ! 

HIAL. ¿Que no comprendes? 

GREG. Estas aclaraciones debían de ser el punto de 
partida de una existencia nueva, de una vida, de 
una comunidad basada en la verdad, libre de 
toda mentira. 

HIAL. Lo sé, lo sé muy bien. 

GREG. Estaba convencido de que a mi llegada inunda- 
ría mi corazón la dicha del esposo y de la esposa.... 
y os encuentro sombríos, tristes... 

GÍNA Bien, muy bien. (Quita la pantalla al quinqué.) 

GREG. Usted no quiere comprenderlo, señora ; pero a 
a ti, Hialmar, esta revelación te debía de haber 
puesto en mejor terreno. 

HIAL. Sí... Digo... Hasta cierto punto. 

GREG. Nada es comparable al goce de perdonar a una 
pecadora y redimirla por el amor. 

HIAL. ¿Piensas que puede un hombre digerir muy 
tranquilo el brebaje que me has hecho tragar? 

GREG. Un hombre vulgar, no. ¡ Pero un hombre c<Dmo 
tú!... 

HIAL. Sí. lo sé. Me has de estimular. Se necesita 
tiempo. 

GREG. i Cómo te pareces al pato silvestre ! 

RELL. ¿Y seguimos con el pato silvestre? 
, HIAL. Sí, herido en las alas. El trofeo de caza del 
sefíor Werlé. 

RELL. ¿Hablan del señor Werlé? 

HIAL. De él y de otros. 



60 



ENRIQUE IBSEN 



RELL. (Bajo a Hialrnar.) \ Mal rayo le parta ! 

HIAL. ¿Qué dices? 

RELL. Creo indispensable que vuelva este charlatán a 
su casa ; si no acabará por destruirnos y vol- 
vernos locos. 

GREG. Habla usted a personas, señor Relling, que no 
temen la destrucción. No hablemos de Hialmar : 
también ella se muestra leal y razonable. 

GINA (Lloriqueando.) Hubiera usted obrado mejor de- 
jando las cosas tal como estaban. 

RELL. ¿Quiere decirm^e usted qué se propone hacer 
aquí? 

GREG. Una verdadera unión conyugal. 

RELL. Luego supone usted que no estaba hecha? 

GREG. Como desgraciadamente lo son muchas ; pero 
una verdadera unión conyugal, no ; eso, no. 

HIAL. r* No pensaste nunca en los derechos del ideal, 
Pelling? 

RELL. No digas tonterías. (A Gregorio.) Dispense us- 
ted, caballero. ¿Cuántas uniones conyugales ha 
visto usted en la vida? 

GREG. A decir verdad, ninguna. 

RELL. Yo tampoco. 

GREG. Pero he visto muchas de las otras y he obser- 
vado los desastres que ocasionan. 

HIAL. Toda la existencia moral de un hombre puede 
hundirse bajo sus pies. ¡ Qué horror ! 

RELL. Como no me he casado nunca, mal puedo hablar 
de esas cosas. Pero debo decir que la unión 
convugal comprende también al hijo, y el hijo 
es inocente. 

HIAL. i Eduvigis ! \ Pobre Eduvigis mía ! 

RELL. Haréis el favor de no mezclar para nada a Edu- 
vigis en todo esto. Vosotros atormentaos de la 
manera que mejor os acomode, pero no man- 
chéis con vuestra miseria su alma pura. 

HIAL. i Oh! 

RELL. i Tened compasión de la infeliz ! ¡ Hay tantos 
peligros contra ella ! 

HlAL. La vista acaso... 

RELL. No se trata de eso ahora. Pero Eduvigis atra- 



EL PATO SALVAJE 



61 



GÍNA 



RELL. 
GREG. 
RELL. 

HIAL. 

GINA 

SOER. 
GINA 
SOER. 
HiAL. 
SOER. 



GINA 
SOER. 



GREG. 
HIAL. 

SOER. 
HIAL. 
GREG. 

HIAL. 
GINA 
RELL. 

SOER. 
RELL. 
SOER. 

GREG. 



viesa una edad susoeptibie de todas las malas 
inspiraciones. 

Eso es mucha verdad. Desde hace algún tiem- 
po tiene la mala costumbre de jugar con el 
fuego de la cocina, simulando, según dice, los 
comienzos de un incendio. A veces temo que 
a lo mejor incendie la casa. 
Ya lo ven ustedes. 

(A Relling.) ¿Pero cómo se explica usted eso? 
(Con voz burlona.) Pues... ia edad..., la tran- 
sición... 

Mientras la niña tenga padre..., mientras yo 
viva... (Llaman a la puerta.) 
¡ Chist ! Alguien liega. (Levantando la voz.) ¡ Ade- 
lante ! (Aparece la señora Soerby con abrigo.) 
Buenas noches. 

(Yendo a su encuentro.) ¡ Tú por aquí, Berta ! 
Sí, yo misma. ¿Llego en mala hora? 
De ningún modo. Un mensajero de tal casa... 
(A Gina.) A decir verdad, creía encontrarte 
sola, y he subido para charlar un rato contigo 
y despedirme. 
¡ Cómo ! ¿Te vas? 

Sí, mañana tempranito salgo para Heydal. El 
señor Werlé ha marchado allí esta tarde. (A Gre- 
gorio.) Muchos recuerdos de su parte. 
Muy bien, muy bien. 

¿El señor Werlé se ha marchado? ¿Y usted le 
sigue? 

Sí. ¿Qué le parece a usted? / 

Que vaya usted con cuidado. 
Voy a explicártelo. Mi padre se casa con la se- 
ñora Soerby. 
¡ Se casa con ella ! 
¿Es un hecho ya? 

(Grave y emocionante.) No, no ; seguramente 
no es verdad. 

Sí, amigo Relling, es verdad. 
¿Contraerá usted nuevo matrimonio? 
Sí, me caso. Werlé tiene ya listos los papeles 
y en la fábrica festejaremos nuestras bodas. 
Y yo, como hijastro que sabe cumplir sus obli- 



62 



ENRIQUE IBSEN 



gaciones, y le deseo toda clase de felicidades. 
SOER. Gracias. Espero que nuestro matrimonio sea 

una dicha para Werlé y para mí. 
RELL. Desde luego. El señor Werlé no se emborracha, 

que yo sepa, ni acostumbra a zurrar a su mujec 

como hacía el difunto veterinario. 
SOER. Deje en paz a Soerby. Tenía también buenas cua- 
lidades. 
RELL. Mejores las tiene el señor Werlé. 
SOER. En efecto, es muy bueno y sus cualidades le 

serán recompensadas. 
RELL. Esta noche acompañaré a Molvick. 
SOER. No haga usted tal cosa ; se lo ruego. 
RELL. Es lo único que me queda que hacer. (A Hial- 

mar.) Ven con nosotros si quieres. 
GINA Gracias. Hialmar no acostumbra a divertirse 

de ese modo. 
HÍAL. (Bajo y refunfuñando.) ¿Podrás callarte? 
RELL. Adiós, señora Werlé. (Váse.) 
GREG. (A Soerby.) Según parece, usted y el doctor 

Relling se tratan bastante. 
SOER. Sí, nos conocimos hace muchos años, y hasta 

hubo entre nosotros intenciones de formalizar 

algo... 
GREG. Fué una suerte para usted que se malograsen 

tales intenciones... 
SOER. Tiene usted razón. No me he dejado llevar de 
, mis sentimientos, pues una mujer no puede sa- 
crificarse por completo. 
GREG. ¿Y no teme usted que yo refiera a mi padre esa 

antigua amistad? 
SOER. Yo mism.a se la he referido. 
GREG. ¿De veras? 
SOER. Su padre de usted no ignora cuanto le puede 

interesar. Se lo he dicho todo yo misma. 
GREG. Es muy rara tan extraordinaria franqueza. 
SOER. La franqueza conviene mucho a las mujeres. 
HIAL. ¿Qué dices a eso, Gina? 
GINA Que las mujeres no son todas lo mismo ; unas 

piensan así, otras al contrario. 
SOER. Pero siempre es lo más seguro, Gina, hacer lo 

que yo hice. Tampoco Werlé disimula ni se re- 



EL PATO SALVAJE 



63 



GÍNA 
GREG. 

SOER. 



HIAL. 

GREG. 

SOER. 

HIAL. 
GINA 
SOER. 



GREG. 

SOER. 

GINA 

HIAL. 



GREG. 



serva nada, y la confianza nos une fuertemente. 
Podemos en adelante hablar a solas con fran- 
queza de niños. No obstante, hasta ahora, todo 
eso ie ha faltado a Werlé. Un hombre fuerte, 
vigoroso, reducido a pasar la juventud y lo me- 
jor de su vida oyendo quejas y reconvenciones, 
i resulta muy triste ! Y más aiin cuando esas 
quejas y esas reconvenciones se basaban en in- 
fidelidades imaginarias. 
¡ Cuánta verdad es eso ! 

La cuestión que ustedes abordan me obliga, con- 
tra mi deseo, a retirarme. 

i Oh, no ! Quédese usted ; no digo una palabra 
más. Quería solamente probarle que yo no uso 
nunca embustes ni subterfugios. Gano mucho 
con esa boda, es verdad ; pero no recibo más 
de lo que doy. Nunca le abandonaré, y voy a 
serle más útil y necesaria que aquellos que, te- 
niendo obligación de ayudarle, le abandonan cuan- 
do, como en breve ocurrirá, no podrá valerse. 
¿No podrá valerse? 

(A Soerby.) Basta. No hable usted de eso. 
No hay para qué disimular tanto. Está en vís- 
peras de quedarse ciego. 
(Temblando.) ¿Ciego? ¿Ciego también? 
i Hay tantos que lo son ! 

i Qué cosa más horrible para un hombre de ne- 
gocios ! Pero ya procuraré servirle con mis ojos 
lo mejor que pueda. Me retiro, porque tengo 
mucho que hacer. ¡ Ah ! (Recordando.) Me olvi- 
daba. Hialmar, si necesita usted algo de Werlé 
diríjase a Graberg. 

Hialmar no aprovechará, por cierto, este ofre- 
cimiento. 

No sé que hasta el presente... 
No, Berta ; Hialmar no admite favores del señor 
Werlé. 

(Lentamente y marcando las palabras.) Ofrezca 
usted mis respetos a su futuro esposo, y dígale 
de mi parte que pienso avistarme en breve con 
Graberg. . . 
¡Cómo! ¿Quieres...? 



ENRIQUE IBSEN 



HiÁL. Que pienso avistarme con Graberg para pedirle 
cuentas de lo que debo a su amo. Quiero pagar 
esa deuda de honor. Pero no hablemos más ; la 
pagaré con el cinco por ciento de interés. 

GINA ¡Dios mío, Hialmar ! ¿Dónde encontrarás tanto 
dinero? 

HIAL. Dígale que trabajo sin reposo en un descubri- 
miento. Que al imponerme tan dura tarea anhelo 
solamente libertarme de una obligación que me 
agobia... Que los beneficios de mi gloria serán 
para él, ¡ sólo para él ! 

SOER. Algo sucede aquí... No comprendo... 

HIAL. Sí, ya lo creo ; algo sucede, en efecto. 

SOER. Bueno, pues adiós. Ya hablaremos, Gina, en 
otra ocasión. Adiós. (Hialmar y Gregorio la sa- 
ludan. Gina la acompaña hasta la puerta.) 

HÍAL. Sólo hasta la puerta, Gina. (La señora Soerby 
sale. Gina cierra la puerta.) 

HIAL. Heme ya libre, Gregorio, de esa deuda infa- 
mante. 

GREG. Si todavía no lo estás, lo estarás pronto. 

HIAL. Mi actitud ha sido correcta. 

GREG. Eres el hombre que yo imaginaba. 

HIAL. Hay ocasiones en las que no es posible sustraer- 
se a las exigencias del ideal. He de llorar y llo- 
raré eternamente, como padre de familia, este 
baldón. No es muy fácil para un hombre como 
yo, sin recursos, saldar una deuda olvidada. ¡ No 
importa! El hombre se revela en mí..., ¡exige 
sus derechos ! 

GREG. (Poniéndole una mano en el hombro. Querido 
Hialmar, ¿he sido oportuno al venir? 

HIAL. Sí. 

GREG. ¿No te alegra el ver que se haya borrado para 
siempre la mentira en tu casa? 

HÍAL. No digo que no. Pero hay algo que me abruma. 

GREG. ¿Qué es ello? 

HIAL. Es... No sé cómo hablar de tu padre... 

GREG. Di cuanto quieras de él. 

HIAL. Bien ; pues lo que me subleva es el considerar 
que yo no puedo y tu padre puede contraer una 
verdadera unión conyugal. 



EL PATO SALVAJE 



65 



¿Qué quieres decir? 

Que tu padre y la señora Soerby se casan fun- 
dando su matrimonio en la más absoluta fran- 
queza por una y otra parte. No habrá en sus 
relaciones ni mentiras ni misterios. Como quien 
dice, se concedieron mutuamente indulgencia ple- 
naria de sus pecados. 
¿Y qué? 

Que sobre un cimiento de abusos y miserias pue- 
da fundarse una excelente unión conyugal. 
Pero la situación es diferente ; no creo que va- 
yas a compararte íú y tu mujer con ese par 
de... Vamos, ya me entiendes. 
Sin embargo, esto hiere mi instinto de equidad 
y me demuestra que la justicia no existe en la 
tierra. 

I Cuidado, Hialmar ! No hables así. 
Dejemos esa cuestión. 

Al cabo hay Providencia, y esta vez aparece... 
¡ dejándole ciego ! 
No es seguro. 

En efecto ; pero, creednie, ahí está la justicia. 
Un día abusó de ser un confiado... 
¡ Ay ! ¡ Con otros ha hecho lo mismo I 
Pero ahora el fatal y misterioso destino le revien- 
ta los ojos. 

¿Cómo te atreves a decir cosas tan malas? Me 
das miedo. 

Es bueno considerar de vez en cuando la parte 
tenebrosa de la existencia. (Entra Eduvigis por 
la puerta de la escalera muy alegre y con abrigo.) 
¿Ya de vuelta? 

No quería irme muy lejos y ha sido lo mejor, 
pues al volver me he encontrado a la... 
La señora Soerby, sin duda. 
Sí. 

(Paseándose.) Será por última vez. (Pausa.) 
(Mirando a sus padres, queriendo adivinar lo que 
ocurre.) \ Papá I 
¿Qué hay, hija mía? 
La señora Soerby me ha dado una cosa. 



66 



ENRIQUE IBSEN 



HIAL. 

EDUV. 

GiNA 

HIAL. 

EDUV. 

HIAL. 
EDUV. 

HIAL. 
EDUV. 



HIAL. 

EDUV. 

HIAL. 

GINA 

HIAL. 

GINA 

HIAL. 

EDUV. 

GINA 

EDUV. 



HIAL. 

EDUV. 

HIAL. 

GINA 

EDUV. 

HIAL. 

EDUV. 
HIAL. 



EDUV. 
HIAL. 



(Parándose.) ¿A ti? 
Sí, el regalo de mañana. 
Ningún año se olvida. 
¿Y qué es ello? 

No, no quiero que lo veas ahora. Mamá me lo 
traerá a la cama. 
¡ Siempre algo que se me oculta ! 
(Con precipitación.) No te disgustes ; vas a ver- 
lo. Mira. (Saca un sobre cerrado.) 
¿Una carta? 

Sí ; nada más que una carta. Supongo que des- 
pués vendrá lo restante. Pero ¿te parece poco 
una carta? Es la primera que recibo. Y dice «la 
señorita». (Lee.) : <(A la señorita Eduvigis Ek- 
dal.» Ya ves. 
Dámela. 

(Dándosela.) Toma. 
Es letra del señor Werlé. 
¿Estás seguro? 
Míralo tú misma. 
No entiendo de eso. 
Eduvigis, ¿me permites leerla? 
¿Y me lo preguntas, papá? 
Esta noche, no ; déjalo para mañana. 
(A Gina en voz baja.) Deja que la lea. Hay se- 
guramente algo agradable que le disipará el mal 
humor. 

¿Has dicho que puedo leerla? 
Sí, papá ; te lo ruego. 

Está bien. (La abre y lee muy turbado.) ¿Qué 
significa esto? 
¿Qué dice? 

¡Ah!, sí, papá; explícalo. 

Aguarda. (Vuelve a leer y palidece. Luego, con 
voz tranquila.) Es una donación, Eduvigis. 
¿De veras? ¿Y qué me dan? 
Lee tú misma. (Eduvigis se acerca a la lámpa- 
ra para leer. Hialmar exclama a media voz y con 
las manos crispadas.) Los ojos... Los ojos... ¡Y 
esta carta ! 

Me parece que todo esto es para el abuelo. 
(Quitándole la carta.) Oye, Gina, ¿sabías algo? 



EL PATO SALVAJE 



67 



GINA 
HIAL. 



GREG. 
EDUV. 
GINA 
HIAL. 

GliNA 
HIAL. 



EDUV. 

HIAL. 

EDUV. 

HIAL. 



GINA 
EDUV. 



HIAL. 

GREG. 

HIAL. 

EDUV. 

GINA 

HIAL. 

GREG. 
HIAL. 



GINA 



Nada absolutamente. Pero ¿qué hay? 
Werlé escribe a Eduvigis que su abuelo no tiene 
necesidad de fatigarse trabajando..., y le señala 
una pensión para vivir desahogadamente. 
¡ Hola, hola ! 

Cien coronas, mamá ; yo también lo he leído. 
Una fortuna para el abuelo. 
Cien coronas mensuales mientras las necesite, 
o sea mientras viva. 

i Pobre viejo ! Al fin podrá holgar y recrearse. 
Hay más. ¿No lo has leído, Eduvigis? Cuando 
muera mi padre, la pensión..., Eduvigis, la pen- 
sión es para ti. 
¡ Esa renta ! 

La gozarás a perpetuidad. 

¡Tanto dinero! (Abrazándole.) Papá, papá, ¿no 
te alegras? 

(Abrazándola.) \ Alegrarme ! j Qué visión, qué 
perspectiva se ofrece a mis ojos ! ¡ Dotar a Edu- 
vigis con tanta esplendidez ! 
Pues que es el día de su cumpleaños... 
Papá, ya comprenderás que todo ese dinero será 
para ti y para mamá. 
Hialmar, esto es un lazo. 
¿En qué te fundas? 

Esta mañana me ha dicho : «Hialmar no es í*l 
hombre que crees.)) 
No es el hombre que... 
((Ya lo verás», ha añadido. 
¿Quieren comprarme con dinero? 
Pero, mamá, ¿qué ha pasado? Di. 
Ve, ve a quitarte el sombrero y el abrigo. (Edu- 
vigis, llorosa, entra en la cocina.) 
(Rasga lentamente la carta en dos pedazos y los 
deja sobre la mesaj Ahí tienes mi contestación. 
No esperaba menos de ti. 

(Se acerca a Gina, que está de pie junto a la es- 
tufa, y le dice con voz contenida.) \ Basta de men- 
tiras ! Si no tenías trato alguno con él cuando nos 
conocimos, ¿por qué nos facilitó medios para ca- 
sarnos? 
Debió suponer que le recibiría en casa. 



ENRIQUE IBSEN 



HIAL. 

GINA 
HIAL. 

GINA 

HIAL. 
GINA 
HIAL. 
GINA 
HIAL. 

GREG. 
HIAL. 

GREG. 



HIAL. 

EDUV. 
HIAL. 



EDUV. 
HIAL. 



EDUV. 

GINA 
EDUV. 

GREG. 

GINA 

EDUV. 

GINA 



¿Es eso todo? ¿No tenía cierta eventualidad? 
No te comprendo. 

Pregunto si tu hija tiene derecho a vivir en mi 
casa. 

(Irgüiéndose, con los ojos encendidos.) ¿Por qué 
me lo preguntas? 

Contesta. ¿Eduvigis es mía o de...? ¡Vamos ! 
(Provocativa.) No lo sé. 
(Aterrado.) ¿No lo sabes? 
¿Cómo quieres que lo sepa? Una mujer como yo... 
(Volviéndole la espalda.) En tal caso, nada ten- 
go que hacer aquí, 
i Reflexiona, Hialmar ! 

(Poniéndose el abrigo.) No hay reflexiones po- 
sibles. 

Al contrario ; hay un abismo de reflexiones. Por 
lo pronto, hay que empezar por vivir juntos para 
llegar a tener ese espíritu de abnegación que con- 
duce a los más sublimes sacrificios. 
No quiero. ¡ Jamás, jamás ! Mi sombrero. (Lo 
toma.) Mi hogar se derrumba. (Sollozando.) ¡ Gre- 
gorio, ya no tengo hija ! 

X Apareciendo en la puerta de la cocina.) ¿Qué 
dices? (Corriendo hacia él.) ¡ Papá, papá ! 
¡ No te acerqu'^.s, Eduvigis ! ¡ Vete ! ; No puedo 
más ! ¡Oh, esos ojos ! Adiós. (Se dirige a la 
puerta.) 

(Colgándose a su cuello.) \ No, no ; no te vayas ! 
Suelta. No quiero. Me marcho lejos de aquí. (Lo- 
gra desasirse de los brazos de Eduvigis y vase por 
la puerta de la escalera.) 

(Desesperada.) Nos abandona, mamá. ¡ Nos aban- 
dona y no le veremos más ! 
No llores, Eduvigis. Ya volverá. 
(Arrójase sollozando en el sofá.) No, no ; no le ve- 
remos más. 

Gina... La intención era buena, 
i Dios se lo tenga en cuenta ! 
¡ Esto me matará ! ¿Qué le he hecho yo? Mamá, 
búscale... Dile..., dile... 
Bueno, bueno ; tranquilízate. Voy a buscártelo. 



EL PATO SALVAJE 



(Poniéndose un abrigo y un sombrero.) Estará 
con Relling. No llores... 

EDUV. (Llorando.) No lloraré si vuelve papá. 

GREG. (A Gina, cuando va a salir.) ¿No fuera mejor 
dejarle sostener hasta el fin su dolorosa lucha? 

GINA Ante todo hay que calmar a la niña. (Vase.) 

EDUV. (Enjugándose las lágrimas.) ¿Qué ha ocurrido? 
I Papá lo aborrece todo ! 

GREG- Eduvigis, no llores... No te preocupes antes de 
ser mujer. 

EDUV. (Sollozando.) No podré resistir tan terrible pena 
hasta ser mujer. |Ah!... Creo adivinarlo... Qui- 
zás no sea hija de papá. 

GREG. ¿Cómo puede ser eso? 

EDUV. Mamá me habrá encontrado y hasta ahora no lo 
ha dicho a papá. He leído casos así en los libros. 

GREG. ¿Y si fuera así? 

EDUV. Podría continuar amándome como hasta ahora 
o más. El pato silvestre también nos lo dieron y, 
sin embargo, le quiero mucho. 

GREG. Tienes razón. Eduvípjis ; hablemos del pato, 

EDUV. i Pobre pato ! Quería matarlo. 

GREG. No hará nada de eso. 

EDUV. Pero lo ha dicho, y no me gusta que papá lo 
diga. Cada día rezo una oración para que Dios 
preserve al pato de la m.uerte. 

GREG. (Mirándola.) ¿Tienes costumbre de rezar por la 
noche? 

EDUV. Sí. 

GREG. ¿Quién te ha enseñado eso? 

EDUV. Nadie. Una vez papá estuvo enfermo de grave- 
dad y al acostarme rezaba por él, y desde en- 
tonces he continuado haciéndolo. 

GREG. ¿Y ahora rezas oor el pato silvestre? 

EDUV. Creí aue lo necesitaba, i Estaba tan enfermo cuan- 
do lo trajeron ! 

GREG. ¿Rezas tam.bién por la mañana? 

EDUV. No : por la mañana, no. 

GREG. ¿Por qué? 

EDUV. Por la mañana hay luz y no tengo miedo. 

GREG. ¿Ya ese nato que quieres tanto quería retor- 
cerle el cuello tu padre? 



70 



ENRIQUE IBSEN 



EDUV. Ha dicho únicamente qu debería hacerlo, pero 
que mi amor le detenía. Papá es muy bueno. 

GREG. [Acercándose a Eduvigis.) ¿Y si se lo sacrifi- 
caras tü misma? 

ÉDUV. (Levantándose.) ¿El pato silvestre? 

GREG. Sí. ¿Le sacrificarías voluntariamente lo que te 
es más precioso en el mundo? 

EDUV. ¿Cree usted que sería útil este sacrificio? 

GREG. Inténtalo, Eduvigis. 

EDUV. (En voz baja.) Bien, lo probaré. 

GREG. ¿Tendrás valor? 

EDUV. Diré al abuelo que lo mate. 

GREG. Eso es. Pero a mamá ni una palabra. 

EDUV. ¿Por qué? 

GREG. No lo comprendería. 

EDUV. i El pato silvestre! Mañana... Mañana... (Entra 
bina por la puerta de la escalera.) 

EDUV. (Yendo a su encuentro.) ¿Lo has visto, mamá? 

GINA No ; ha salido con Relling. 

GREG. ¿Está usted segura? 

GINA Así me lo ha dicho la portera. Molvick iba tam- 
bién con ellos. 

GREG. Precisamente cuando su alma necesita soledad 
para la lucha. 

GINA (Quitándose el abrigo.) Los hombres son muy 
extraños. Sabe Dios dónde lo habrá llevado Rel- 
ling. Tampoco estaban en la taberna de la señora 
Eriksen. 

EDUV. (Conteniendo el llanto.) \ Oh, Dios mío ! ¡ Si 
no volviera ! 

GREG. Volverá, no lo dudes. Mañana vendremos juntos. 
Ya verás. Pero ahora duerme confiada, Eduvigis. 
Buenas noches. (Sale por la puerta de la es- 
calera.) 

EDUV. (Abrazando a su madre,) \ Mamá ! ¡ Oh, mamá ! 

GINA (Acariciándola suspirando.) Razón tenía Relling. 
Esto es lo que sucede cuando hay locos que vie- 
nen a sembrar tempestades en un hogar tran- 
quilo. 



EL PATO SALVAJE 



ACTO QUINTO 



La misma decoración. 



(Gina aparece en la puerta de la cocina con de- 
lantal, una escoba y un paño. En el mismo ins- 
tante Eduvigis entra precipitadamente por la puer- 
ta de la escalera.) 

GINA (Parándose súbitamente.) ¿Qué hay? 

EDUV. Mamá, sin duda está en casa de Relling. 

GINA ¿De veras? 

EDUV. La portera dice que subieron dos con Relling 
esta madrugada. 

GINA Ya lo suponía yo. 

EDUV. ¿Pero qué adelantamos? ¡Si no quiere volver 
con nosotros... ! 

GINA No obstante, necesito hablarle. (Ekdal sale de 
su cuarto en zapatillas y fumando su pipa.) 

EKDAL Hialmar... ¿Está por aquí Hialmar? 

GINA No. Salió. 

EKDAL ¿Tan pronto y nevando? Bueno ; no te moles- 
tes. Entraré yo solo. (Dirígese al granero. Edu- 
vigis le ayuda a abrir, y cierra cuando Ekdal ha 
entrado}) 

EDUV. (Bajo.) Mamá, cuando el abuelo sepa que papá 
quire dejarnos... 

GINA No hay necesidad, ya que, por fortuna, no pre- 
senció la escena de anoche. 

EDUV. Sí ; pero... (Entra Gregorio.) 

GERG. ¿Están ya sobre la pista? 

GINA Está en casa de Relling, según dicen. 

GREG. ¡En casa de Relling! ¡Pues... había salido con 
esa gente ! 

GINA ¡ Ah, Dios mío, sí ! 

GREG. i Cuando necesitaba soledad y recogimiento ! 
(Aparece Relling.) 

EDUV. (Corriendo a su encuentro.) ¿Está papá en su 
casa? 

GINA (Con el mismo tono.) ¿Le vio usted? 



12 



ENRIQUE IBSEN 



RELL. Sí ; en mi casa está. 

EDUV. i Y Bada nos dice usted ! 

RELL. Soy un torpe. Aquel animalote de demoníaco me 
ha entretenido, y luego me he dormido tan pro- 
fundamente que... 

GINA ¿Y qué dice? i 

RELL. Nada absolutamente. 

EDUV. ¿No habló? 

RELL. Ni media palabra. 

GREG. i Oh ! Comprendo. 

GINA ¿Qué hace? 

RELL. Está roncando, echado en el sofá. 

GINA ¿De veras? ¿Está roncando? 

EDUV. ¿Duerme? ¿Logró dormirse? 

RELL. Ya lo creo. 

GREG. Se comprende ; después de la lucha que sostu- 
vo su alma... 

GINA No tiene costumbre de trasnochar. 

EDUV. Mamá, ¿es bueno que duerma? 

GINA Sí ; Que no le despierten. Gracias, Relling. Ven, 
Eduvigic ; hagamos la limpieza para que todo re- 
sulte confortable. (Vanse por la puerta del salón.) 

GREG. Y ahora ¿qué piensa usted de Hialmar? 

RELL. No he reparado..., no sé... 

GREG. ¡ Pardiez ! ¡ En el crítico instante en que su vida 
se reconstruía con nuevos cimientos ! ¿Supone 
usted que un carácter como el suyo?... 

RELL. ¿El un carácter? ¡Si jamás ha tenido germen al- 
carácter ! 

GREG. Parece mentira. Con su educación... Tan mi- 
mado... 

RELL. ¿Se refiere usted a sus dos tías, aquel par de 
viejas histéricas y desequilibradas? 

GREG. Aquellas mujeres, no lo dude usted, nunca deja- 
ron postergar los derechos del ideal. ¡ Vaya, no 
se burle usted ! 

RELL. No, no estoy para bromas. Pero constele que 
le he oído declamar contra, esos asesinos de su 
alma. No oreo, sin embargo, que les deba nin- 
gún favor. La desgracia de Ekdal consiste en ser 
tratado de hombre de genio por los que le ro- 
dean. 



EL PATO SALVAJE 



GREG. Es una inteligencia superior, un carácter ideal. 

RELL. No me he fijado. Que su padre lo haya creído, 
no me extraña, pues ha sido un animal toda su 
vida. 

GREG. Posee un alma de niño, y usted no lo ha ad- 
veríido. 

RELL. Bueno, bueno ; pero cuando el niño Hialmar era 
estudiante, sus compañeros no dejaron de consi- 
derarle como una lumbrera del porvenir. Era 
lindo..., sonrosado..., blanco..., tal como agradan 
los niños a las señoritas. Y como tenía el corazón 
sensible, seductora la voz y recitaba divinamente 
los versos y los pensamientos de los demás... 

GREG. (Airado.) ¿Habla usted de Hialmar Ekdal? 

RELL. Sí ; y, con su permiso, quiero mostrarle el in- 
terior del ídolo que reverencia usted con la fren- 
te inclinada hasta el suelo. 

GREG. Sin embargo, creo que no soy ciego. 

RELL. Pues poco le falta. Usted está enfermo también. 

GREG. Tine usted razón. 

RELL. Su caso es muy complicado. I>e un lado, esa 
maldita fiebre de equidad, de otro, lo que es mu- 
cho peor, ese delirio de adoración que le hace di- 
vagar sin descanso, con un deseo insaciable de 
admirar siempre lo que está fuera de su alcance. 

GREG. Ciertamente, lo que busco no está conmigo. 

RELL. ¡ Cuántas simplezas le hacen a usted cometer 
esos radiantes insectos que revolotean ante sus 
ojos y le zumban en los oídos ! Aquí vuelve us- 
ted a reclamar los derechos del ideal, pero cons- 
tele que en esta casa nadie es solvente. 

GREG. Si tan pobre idea concibió usted de Hialmar, 
¿por qué busca su compañía? 

RELL. Aunque parezca mentira, soy médico. Y debo 
cuidar, ante todo, a los enfermos a quienes co- 
bija el mismo techo que a mí. 

RELL. Como todos los hombres. 

GREG. ¿Qué tratamiento le aplica usted? 

RELL. El mismo que a todos. Una cosa muy sencilla. 
Se reduce a mantener en el enfermo la mentira 
de la vida. 



74 ENRIQUE IBSEN 

GREG. ¿La mentira de la vida? Creo que he entendido 
mal. 

RELL. La mentira de la vida he dicho. La mentira es 
un estimulante. 

GREG. ¿Y qué mentira seduce a Hialmar? 

RELL. No conviene decirlo, pues sería usted capaz de 
empeorar a mi enfermo. Pero el sistema está 
comprobado. Molvick es un ejemplo. Gracias a 
mí, es hoy demoníaco. ¡ Lástima de sedal que 
defé de echarle al cuello ! 

GREG, ¿Qué es eso de demoníaco? 

RELL. ¿Qué quiere que signifique este nombre? Nada ; 
una tontería que he inventado para alargarle la 
vida. El pobre muchacho hubiera muerto de 
tristeza si no le consolase la ilusión de ser de- 
moníaco. ¿Y qué diremos del viejo? Este supo, 
sin mi auxilio, propinarse un remedio. 

GREG. ¿Ekdal? 

RELL. Sí. ¿Qué dice usted de un cazador de osos que 
persigue los conejos en un granero? Nadie más 
feliz que ese pobre hombre cuando se precipita 
y dispara entre los montones de trastos viejos. 
Arboles de Navidad marchitos, conservados cui- 
dadosamente, le representan el gran bosque de 
Heydal en todo su verde esplendor. Los pollos 
y las gallinas le parecen aves que vuelan de 
abeto en abeto. Los conejos que atraviesan el 
granero son los temibles osos de sus cacerías. 
Y el viejo revive con sus instintos de hombre 
valeroso, atrevido, fuerte. 

GREG. i Pobre viejo ! Eso debe volverle al ideal de su 
juventud. 

RELL. No diga usted ideal, existiendo una palabra que 
significa lo mismo y se comprende mejor : la 
mentira. 

GREG. ¿Cree usted que ambas palabras expresan un 
mismo concepto? 

RELL. Tan sinónimas como son tifus y fiebres pútridas. 

GREG. ¡ Doctor Helling ! No estaré satisfecho hasta que 
no arranque a Hialmar de sus garras. 

RELL. Peor para él. Si usted quita la mentira vital a 
un hombre, le quitará la felicidad. (A Eduvigis, 



: EL PATO SALVAJE 



75 



GREG. 
EDUV. 



GREG. 
EDUV. 

GREG. 
EDUV. 
GREG. 



EKDAL 

EDUV. 

EKDAL 

EDUV. 

EKDAL 

EDUV. 

EKDAL 

EDUV. 

EKDAL 

EDUV. 

EKDAL 

EDUV. 
EKDAL 



que viene del salón.) \ Hola, madrecita del pato 
silvestre ! Voy a ver si tu padre, tendido en el 
sofá, medita aún acerca de su famoso invento. 
(Vase-) 

(Acercándose a Ediivigis.) Estoy leyendo en tu 
cara que no has hecho nada todavía. 
Si se refiere usted al pato silvestre, nada he 
hecho. 

¿Te falta valor para consumar el sacrificio? 
No, no es eso. Pero al despertarme recordé lo 
que anoche hablamos, y me pareció tan ex- 
traño. . . 
¿Extraño? 

Anoche lo creí un proyecto delicioso. He dor- 
mido y he cambiado... Ya no sé... 
No en balde te has criado bajo este techo. 
Con tal que papá volviera... 
¡ Oh, si vieras lo que hace estimable la vida ! 
Si tuvieras el valor, la abnegación del sacrificio, 
volverías a verlo a tu lado. A pesar de todo, 
confío en ti, Eduvigis. (Vase Eduvigis después 
de quedar un momento pensativa^ se dispone a 
entrar en la cocina, cuando suenan golpes en la 
puerta del granero. Eduvigis la entreabre. En- 
tra Ekdal y vuelve a cerrarla.) 
¡ Hum ! Es muy aburrido dar solo el paseo ma- 
tutino. 

¿Quieres cazar hoy, abuelo? 
¿No hace tiempo de caza. Está muy oscuro. 
¿Sólo tiras a los conejos? 
¿No son buen tiro los conejos? 
¿Y el pato silvestre? 
No temas que lo mate. 

No podrías. Dicen que es muy difícil matarlo. 
¿Que yo no podría? ¡Vaya! 
¿Cómo se hace eso? 

Pues... metiéndole un plomo en el corazón. Es 
seguro ; pero hay que apuntar bien. 
¿Mueren entonces, abuelo? 
Sí. Voy a vestirme. ¡Jem! ¿Comprendes? (En- 
tra en su cuarto. Eduvigis, mirando a la puerta 
del salón, se acerca al estante, y estirándose mu- 



76 



ENRIQUE IBSEN 



GINA 

EDUV. 
GINA 



GINA 

HIAL. 
GINA 
HIAL. 
GINA 
EDUV. 



HIAL. 

GINA 
HIAL. 



GINA 
HIAL. 

GINA 

HIAL 
GINA 

HIAL. 
GINA 
HIAL. 
GINA 
HIAL. 



cho sobre la punta de los pies, coge la escoba y 
el paño. Al verla Eduvigis deja la pistola rápi- 
damente.) 

j No revuelvas las cosas de papá, Eduvigis ! 
(Separándose del estante.) Estaba quitando el 
polvo. 

Mejor sería que fueras a la cocina para ver si 
está caliente el café. Voy a buscar la taza para 
bajárselo. {Vase Eduvigis. Gina barre. Pausa. 
Hialmar abre la puerta de la escalera y se de- 
tiene. Tiene puesto el abrigo, pero no lleva som- 
brero. Está despeinado, con la barba revuelta y 
la mirada fatigada.) 

(Con sorpresa.) ¡Tú! ¿Hialmar? ¡Vienes al 
fin ! 

Vengo un momento nada más. 
Ya lo supongo. ¡ Pero cómo estás, Dios mío ! 
¿Qué? 

¡ Y cómo traes el abrigo ! Sucio, estropeado. 
(Apareciendo en la puerta de la cocina.) Mamá, 
quieres que?... (Repara en Hialmar, lanza un 
grito y corre hacia él.) \ Papá, papá ! 
(Volviendo y haciendo ademán de rechazarla.) 
Vete, vete. (A Gina.) Que se vaya. 
(Bajo.) Vete al salón, Eduvigis. (Vase Eduvigis.) 
(Abriendo precipitadamente un cajón de la mesa.) 
Quiero llevarme mis libros. ¿Dónde están mis 
libros? 
¿Qué libros? 

Mis libros científicos, mis publicaciones tecnoló- 
gicas. Los que empleo para mi invento. 
(Buscando en el estante.) ¿Acaso son estos volú- 
menes sin encuadernar? 
¿A ver? Sí. 

(Dejando sobre la mesa un montón de folletos ) 
¿Quieres que la niña te los ordene? 
No lo necesito. (Pausa.) 

¿De modo que estás decidido a abandonarnos? 
(Hojeando los folletos.) ¡ Claro ! 
Bien, bien. 

(Con explosión.) No puedo permanecer aquí, in- 
quieto siempre, abrumado por vosotros... 



EL PATO Salvaje 77 

Dios perdone tus malos pensamientos. 
Tengo pruebas. 
Demuéstralas. 

¿Con un pasado como el tuyo? Hay un senti- 
miento humano. . . ¡Sí ! La reclamación del ideal 
que se impone. 

¿Y el abuelo? ¿Qué será del pobre viejo? 
Sé mi deber. Mi padre vendrá conmigo. Voy a 
tomar mis disposiciones. (Vacilando.) ¿Habéis 
encontrado mi sombrero en la escalera? 
No. ¿Lo has perdido? 

Estoy seguro de que lo llevaba puesto anoche. 
Pero esta mañana ya no he podido encontrarlo, 
i Dios de bonad ! ¿Fuiste con ese par de trasno- 
chadores? 

Nada me preguntes. ¿Piensas que me encuen- 
tro en disposición de recordar todos los detalles? 
¡Mientras el frío de la noche no te perjudique !.., 
(Entra en la cocina mientras Hialmar arregla sus 
papeles.) 

Relling, eres un bribón, un pillo. ¡ Miserable em- 
baucador ! Por mi vida, si te hubiese hundido un 
puñal.,. (Al apartar varias cartas viejas, encuen- 
tra los pedazos del papel que rasgó el día anterior, 
y al volver Gina, los esconde con rapidez.) 
(Trayendo el café en una bandeja que deja sobre 
la mesa.) Ahí tienes un poco de café caliente con 
tostadas y arenque salado. 

(Mirando furtivamente la bandeja.) ¿En esta ca- 
sa? Jamás. Hace muchas horas que no como... 
¡No importa!... ¡Mis notas! ¡Los recuerdos de 
mi vida ! ¡ Veamos ! ¿ Dónde están mi diario y 
los más importantes de mis papeles? (Abre la 
puerta del salón y retrocede.) ¡ Ah ! ¿La encuen- 
tro también aquí? 

¡ Ea, vete de aquí ! (Se aparta para dejar pasar a 
Eduvigis, que entra asustada.) 
(A Gina, desde la puerta del salón.) En los úl- 
timos momentos que voy a pasar en mi casa, eví- 
tame la presencia de intrusos. (Entra en el salón.) 
(Abrazando a su madre con voz temblorosa.) ¿Lo 
dice por mí? 



78 ENRIQUE IBSEN 

GINA Aguarda en la cocina, Eduvigis. Pero no; mejor 
será en tu cuarto. (A Hialmar, a cuyo encuentro 
va.) Espera un poco, Hialmar ; no desarregles la 
cómoda ; yo te indicaré dónde está todo. 

EDUV. (Permanece inmóvil; luego, ansiosa y sobresalta- 
da, se muerde los labios para no llorar y crispa 
las manos.) ¡ Oh ! ¡El pato silvestre ! (Se acerca 
furtivamente al estante y coge la pistola. Luego 
entra con ligereza en el granero, entreabriendo 
la puerta y cerrándola tras si. Se oyen las voces 
de Hialmar y Gina, que disputan. Entran Hial- 
mar y Gina. El primero con un fajo de manus- 
critos y la segunda con una maleta de mano.) 

HIAL. ¿Qué quieres que haga de este trasto? Tengo 
que llevarme muchas cosas. 

GINA Lleva solamente por ahora lo más necesario, lo 
indispensable. 

HIAL. ¡ Uf ! ¡ Cómo revienta una mudanza ! (Se quita 
el abrigo y lo arroja sobre el sofá.) 

GINA El café estará frío. 

HIAL. ¡ Hum ! (Bebe un sorbo maquinalmente ; luego 
otro.) 

GINA (Quitando el polvo de las sillas.) Lo difícil será 
encontrar un granero como éste para los conejos. 

HIAL. ¡Cómo! ¿Supones que me llevo los conejos? 

GINA ¿Y supones que tu padre podrá pasar sin ellos? 

HIAL. Es necesario que se acostumbre. Yo hago sacri- 
ficios mayores todavía. 

GINA (Quitando el polvo del estante.) ¿Quieres que 
embale la flauta? 

HIAL. No, la flauta no ; la pistola, sí. 

GINA ¿Quieres llevarte la pistola? 

HIAL. Sí, y cargada. 

GINA (Buscándola.) No está aquí; la debe tener el 
abuelo. 

HIAL. ¿Entró en el granero? 

GINA Seguramente. 

HIAL. ¡ Pobre abuelo ! (Coge una tostada y come, be- 
biendo al mismo tiempo eí resto del café.) 

GINA Si no hubiésemos alquilado el cuarto, podrías 
ahora trasladarte allí. 



EL PATO SALVAJE 79 

HIAL. ¡Vivir yo bajo el mismo techo que... ! ¡Jamás I 
¡ Jamás ! 

GINA ¿Pero no podrías permanecer en el salón siquie- 
ra un par de días? Estarías completamente solo. 
¿Alojarme aquí? Por nada del mundo. 
¿Y en casa de Relling y Molvick? 
¡ No me los nombres ! Sólo de pensarlo pierdo 
el apetito. ¡ No ! Antes iría de puerta en puerta, 
como un vagabundo, a través de la nieve, pi- 
diendo un rincón para mi madre y para mí. 
Has perdido el sombrero, Hialmar. Y lo necesi- 
tas para irte. 

¡ Oh ! ¡ Esa escoria de la humanidad ! ¡ Esos mons- 
truos del vicio ! Me falta un sombrero. (Coge 
otra tostada.) Será preciso decidirme... No puedo 
pasar aquí la vida esperando... (Busca algo en 
la bandeja.) 
¿Qué buscas? 
Manteca. 

En segmda. (Va a la cocina.) 
(Llamándola.) No ; es inútil. Comeré pan seco. 
(Volviendo con la mantequera y una cafetera.) 
Aquí la tienes. 

(Sirviéndose otra taza e café y extendiendo la 
manteca sobre el pan, come y bebe.) ¿Podría, 
sin que me molestase nadie, nadie, oyes, perma- 
necer en el salón un día o dos? 
Podrías, si quisieras. 

Es que no veo medio de arreglar las cosas de 
mi padre en tan poco tiempo. 
Otra razón además : debes de prevenirle que no 
quieres vivir con nosotros. 

(Apartando la taza con violencia.) Sí ; eso tam- 
bién. Habré de remover todo el barro otra vez. 
Necesito tiempo para reponerme. No basta un 
día..., ¡ ni dos ! 

Y estando el tiempo borrascoso... ¡Nieva! 
Ese papel no es mío. 

Ni mío tampoco ; ni pienso servirme de él. 
Pero eso no es razón para dejarlo perder. Po- 
dría suceder que... 
Lo guardaré, pues. 



8Ó ENRIQUE IBSEN 

HÍAL. Después de todo, la pensión era para mi padre. 
El verá lo que resuelve. 

GINA (Suspirando.) i Ah, sí ! ¡ Pobre abuelo ! 

HIAL. ¿Tienes goma? 

GINA (Acercándose al estante.) Sí. (Le lleva un tarro 
de goma.) 

HIAL. ¿Y un pincel? 

GINA Tómalo. 

HIAL. (Corta una tira de otro papel y pega sobre ella 
los dos pedazos.) Nada me autoriza para despojar 
a nadie, y mucho menos a un pobre anciano sin 
recursos. Toma, déjalo secar y guárdalo. No quie- 
ro verlo jamás. (Entra Gregorio por la puerta d¿ 
la escalera.) 

GREG. (Extrañado.) ¿Cómo; estás aquí, Hialmar? 

HIAL. (Levantándose precipitadamente.) Aquí estoy . 
rendido de cansancio. 

GREG. ¡ Veo, sin embargo, que has almorzado ! 

HIAL. La naturaleza exige sus derechos. 

GREG. ¿Qué has resuelto? 

HIAL. Un hombre como yo sólo tiene un camino. Es- 
toy arreglando lo que tengo de más precioso. 
Pero para esto necesito tiempo. 

GiNA (Con impaciencia.) ¿Saco la ropa o arreglo el 
salón? 

HIAL. Arregla el salón y saca la ropa. 

GINA (Cogiendo la maleta.) Está bien. (Enüa en ol 
salón. Pausa.) 

GREG. Nunca sospeché que esto terminase así. ¿Y es 
preciso que abandones tu casa? 

HIAL. (Paseando agitado.) ¿Qué quieres, pues? No me 
acostumbro a tener presente a todas horas mi 
desdicha. Necesito calma, bienestar y serenidad. 

GREG. Aun te queda un terreno firme : tu descubri- 
miento. 

HIAL. ¡ Ah ! i Mi descubrimiento ! Falta mucho aún. 

GREG. ¿De veras? 

HIAL. ¡Dios mío! ¿Tengo yo la culpa de que ya esté 
inventado casi todo? Tú no sabes... ¡ Descubrir ' 
Va siendo cada vez más difícil. 

GREG. Como te proponías... 

HIAL. Este perdido de Relling me dio la idea. 



EL PATO SALVAJE 



61 



¿Relling? 

Sí ; él me dijo que tenía suficiente talento para 

descubrir algo en el terreno de la fotografía. 

¡Ah, fué Relling! 

¡ Qué delicias me hizo gozar ! ¡ Cuántas alegrías 

me ha proporcionado ! No tanto el estudio como 

la fe que en él tenía Eduvigis. Ella lo creía con 

toda la fuerza y la energía de su alma infantil. 

Es decir, así me lo imaginaba yo. j Necio de mí ! 

No ; Eduvigis no fingió. 

i Qué me importa, si es ella quien destroza mi 

vida ! 

i Ella ! ¡ Eduvigis ! 

¡ Cuánto amor me inspiraba esta niña ! ¡ Cuánto 

gozo, cada vez que al entrar en esta pobre casa 

la veía correr a mí con el pestañear de sus lindos 



ojitos 



Ah, loco confiado ! ¡ La amaba tanto 



¡ Me había forjado un sueño tan poético con la 
estimación que yo pensaba que ella sentía por mí ! 
¿Pensabas, dices? 

¡ Qué sé yo ! Nada puedo averiguar por Gina. 
Ella no penetra el aspecto ideal de lo que está 
pasando. Pero contigo, Gregorio, puedo desahogar 
mi pecho. Una duda espantosa me atormenta. 
Quizás Eduvigis nunca ha sentido por mí un 
verdadero afecto. 

Es fácil que te demuestre lo contrario. (Escu- 
cha.) ¿Qué hay? Me parece oír el pato silvestre. 
Sí : cloquea. Estará mi padre en el granero. 
¡Ah! ¿Está en el granero? (Con semblante 
alegre.) Pues te aseguro que tendrás la prueba 
del amor que te tiene Eduvigis. 
¿Y qué prueba podrá darme? No me convence- 
rán sus protestas. 

Seguramente Eduvigis no conoce el engaño. 
¡Ah, Gregorio! Eso dudo precisamente. ¿Quién 
sabe lo que Gina y esta señora Soerby han po- 
dido tramar aquí tantas veces? Eduvigis no tiene 
los oídos sordos. Esta donación podría ser una 
estratagema. 
¡ Qué pesimista estás, Hialmar ! 



6 



ENRIQUE IBSEN 



HIAL. 



GREG. 
HIAL. 



GREG. 
HIAL. 



GREG. 
HIAL. 



GREG. 

HIAL. 

GINA 

HIAL. 

GREG. 

HIAL. 

GREG. 

HIAL- 

GREG. 

HIAL. 
GREG. 

HIAL. 
GINA 
GREG. 



Ha caído la venda de mis ojos. Escucha : esta 
donación es solamente el primer paso. La señora 
Soerby siente afecto por Eduvigis, y así podrá 
hacer por la niña cuanto desee... Me la quita- 
rán, ya verás. 

Eduvigis no te abandonará nunca. 
No lo creas ; si se la atraen con promesas... ¡Y 
yo que tanto la he amado ! ¡ Yo, que cifraba toda 
mi felicidad en llevarla de la mano como a un 
niño que tiene miedo de las tinieblas ! Veo claro 
que no me amaba. Todo ha sido una farsa con el 
fin de mantener la ilusión de la vida. 
Predicas lo que no crees. 

Esto es precisamente lo terrible. No sé si sabré 
jamás lo que debo cieer. ¿Y supones tú imposi- 
ble que sea así? ¡ Ay, Gregorio! ¡Confías de- 
masiado en la eficacia de la reclamación del 
ideal ! Basta que vengan los otros y le digan : 
«Ven a nuestra casa ; allí te aguarda la opu- 
lencia». 

(Con viveza.) No, Hialmar. 
Si yo le dijera: «Eduvigis, ¿quieres sacrificarme, 
tu vida?)) Ya verías lo que me respondería. (Sue- 
na un tiro en el ¿ranero.) 
(Con explosión de alegría.) ¡ Hialmar ! 
Estará cazando. 
¡ Empieza la caza ! 
Voy a ver... 

(Muy gozoso.) Espera un poco. ¿Sabes lo que es? 
Sí... 

No, ni lo sospechas ; yo lo sé : es la prueba. 
¿Qué prueba? 

Del sacrificio. Eduvigis convenció a su abuelo 
para que matase al pato silvestre. 
¿Qué se propone? 

Sacrificarte lo que más amaba en el mundo. Quie- 
re de esa manera obligarte a devolverle tu amor. 
(Emocionados) ¡ Ah ! 
¡ Qué idea ! 

Ha querido reconquistar tu amor. No podría vi- 
vir sin él. 



EL PATO SALVAJE 



83 



(Reteniendo el llanto.) Ya lo ves, Hialmar. 
¿Dónde está? ¡ Eduvigis ! 

(Gimoteando.) ¡ Pobrecita ! Estará en la cocina. 
(Va a la puerta de la cocina, ¡a abre y llama.) 
I Eduvigis ! (Mira.) No está aquí. 
¿Y en su cuarto? 

(Desde la cocina.) No, tampoco está. (Entra.) 
Habrá bajado. 

¡ Dios mío ! i Como no la querías en casa ! 
¡ Que venga pronto para que yo le diga. . . ! Todo 
irá bien. Gregorio, desde ahora empieza para nos- 
otros una vida nueva. 

(Con calma.) Ya lo sabía. La niña te había de 
traer tu redención. (Ekdal sale de su cuarto, ves- 
tido de uniforme y ciñéndose el sable.) 
(Estupefacto.) ¡Padre! ¿Tú aquí? 
¿Cazaba usted en su cuarto? 
(Colérico, a Hialmar.) ¿Vas solo a la caza, Hial- 
mar? 

(Fuera de si.) ¿No eres tú quien ha disparado 
en el granero? 
¿Yo? No. 

(A Hialm.ar, con una exclamación.) \ Hialmar ! 
Ella misma lo ha matado. 

¿Qué significa eso? (Corre a la puerta del gra- 
nero y la abre con presteza.) \ Eduvigis ! 
(Corriendo a la puerta.) ¡Dios mío! ¿Qué ha 
ocurrido? 

(Entra en el granero. \ Tendida en el suelo ! 
¡ En el suelo ! (Entra.) ¡ Dios mío ! (Hialmar. 
Gina y Gregorio sacan a Eduvigis inmóvil, con 
la pistola aun en la mano crispada.) 
(Fuera de sí.) ¡ Ah ! ¡ Se ha suicidado ! ¡ Soco- 
rro ! í Socorro, Gina ! 

(Saliendo a la escalera^) ¡ Kelling ! ¡ Relling ! 
i Relling ! ¡Socorro!... ¡Pronto!,.. (Hialmar y 
Gregorio dejan a Eduvigis en el sofá.) 
(Bajo.) El bosque se venga. 
(Arrodillado junto a Eduvigis.) Pronto volverá 
en sí. Eduvigis... Mírame... 
(Entrando.) ¿Está herida? Nada veo. (Entra Reí- 



ENRIQUE IBSEN 



ling precipitadamente, y tras él, Molvick, sin cor- 
bata ni chaleco y con el abrigo desabrochado.) 

RELL. ¿Qué ocurre? 

GINA No sé si Eduvigis estará muerta. 

HIAL. ¡ Socorro ! 

RELL. (Examinando el cuerpo de la niña.) ¿Cómo ha 
sido? 

HIAL. (Mirando a Relling con ansiedad.) ¿No hay pe- 
ligro, eh? ¡ Unas gotas de sangre ! Mira. Es 
poco... ¿Verdad, Relling? 

RELL. ¿Cómo ha sido? 

HIAL. i No sé ! ¡No me lo explico ! 

GINA Quería matar al pato silvestre. 

RELL. ¿Habrá disparado? 

EKDAL El bosque se venga. Nada temo todavía. (Entra 
en el granero y cierra la puerta.) 

HIAL. Y tú, Relling, ¿qué dices? 

RELL. La bala la lleva en el pecho. 

HIAL. Ya lo sé ; pero volverá en sí. 

RELL. No lo esperes. Está muerta. 

GINA (Llorando.) \ Eduvigis ! ¡ Hija mía ! 

GREG. (Sollozando.) En el fondo de los mares... 

HIAL. ¡ Es preciso que viva ! Por Dios, Relling, un ins- 
tante..., ¡el tiempo de decirle que nunca he deja- 
do de adorarla ! 

RELL. La bala ha penetrado en el corazón, producien- 
do una hemorragia interna que la ha matado en 
el acto. 

HIAL. ¡ Y yo que la rechacé como un perro ! Asusta- 
da..., se refugió en el granero... Ha muerto por 
mí..., por mi culpa. (Sollozando.) ¡Oh! ¡No po- 
der repararlo! ¡No poder decirle...! (Crispando 
las manos y levantando la cabeza.) Tú, que estás 
arriba... Si existes, ¿por qué has consentido esto? 

GINA ¡ Calla ! No divagues. Si Dios se la lleva será 
porque no la merecemos. 

MOLV. La niña no está muerta. Se ha dormido. 

RELL. ¡ Imbécil ! 

HIAL. (Se acerca al sofá y, cruzándose de brazos, con- 
templa a Eduvigis.) Aquí está, rígida y fría. 

RELL> (Tratando de quitarle la pistola.) Tiene oprimida 
la pistola. 



EL PATO SALVAJE 



85 



GIMA Sin violencia, Relling... Cuidado... Sus dedos... 

HIAL. Dejádsela... Que se la lleve. 

GINA Sí ; dejádsela. Pero su cadáver no puede quedar 
aquí. Ayudadme. Llevémosla a su cuartito. (Hial- 
mar y Gina cogen el cadáver de Eduvigis.) 

HIAL. 1 Oh ! ¡Gina! ¡Gina! ¿Podrás resistir tantas 
penas? 

GINA Nos ayudaremos mutuamente. Desde ahora ella 
será de los 4os. 

MOLV. (Extendiendo las manos.) ¡ Gloria al Señor ! 
Polvo eres y en polvo te convertirás. 

RELL. (Bajo.) ¡Cállate, estúpido! ¿Estás borracho? 
(Hialmar y Gina se llevan el cadáver de Eduvi- 
gis por la puerta de la cocina. Molvick desapa- 
rece por la de la escalera.) 

RELL. Nunca me harán creer que esto ha sido un acci- 
dente. 

GREG. (Aterrado.) Nadie puede explicar... Nadie su- 
pone... 

RELL. La bala atravesó el corsé. Debió disparar apo- 
yando la pistola en el pecho. 

GREG. Eduvigis no ha muerto en vino. El dolor ha 
descubierto la grandeza del alma de Hialmar. 

RELL. Todo el mundo se agiganta llorando ante un 
muerto; pero ¿cuánto dura tamaño esplendor? 

GREG. Hialmar nunca se consolará. 

RELL. Dentro de algunos meses, la pobre Eduvigis sólo 
constituirá un bonito tema para sus declama- 
ciones. 

GREG. ¿Eso se atreve usted a suponer? 

RELL. Vuelva usted cuando se marchiten las primeras 
- flores en el sepulcro de la mártir. . . ¡ Y veremos ! 
Entonces le oirá usted extenderse sobre <(la hija 
' prematuramente arrebatada al cariño de un pa- 
dre». Le verá enternecido, apiadado, y admira- 
do de sí mismo. Téngalo usetd presente. 

GREG. Si usted tuviera razón, no valdría la pena de 
vivir. 

RELL. La vida, a pesar de todo, tendría mucho de agra- 
dable si no fuera por esos malditos acreedores, 
que llamando en las casas de infelices como nos- 



GREG. 
RELL. 
GREG. 
RELL. 



ENRIQUE IBSEN 

Otros, les presentan «la reclamación del ideal». 

En tal caso, estoy satisfecho de mi resolución- 

¿Se puede saber cuál es? 

Matarme. 

¡ Hombre ! ¡ Vaya usted a paseo ! 



TELÓN 



EL TEATRO 



MODERNO 



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PHECÍOS DE SUSCRIPCIÓN 

Afio Pt«. 24 Año Pt«. 40 

Sc<iii««tre... s 13 Semestre... » 84 
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Loe pedidos deberán Teolr •coanM" 
ñcdou de so importe; y ?os dnl Bztrsa- 
jero, tulvo Portosti y América y sm po- 
«esioQcs, dei Id pos 100, i&derais, p«r« 
gastos de envío. 

Lo» pjtKot ee efectttfirán iX>r giro po«- 
tsU en cheque s la 7ist« eebre ctui^tder 
Banco de Madrid, en ecbre monedero de 
taioríe declarados, contra reembolso don- 
de se bsUe etttablecidc este «erfieJo ó 
en sellos de correes cuando el Importe 
neto no exceda de diez peseta. 



ITIGRIS! 



Este nombre trágico, impresionante, sugeridor de las más increíbles 
y espeluznantes hazañas, de los más inauditos episodios, cuyo nove- 
lesco relato hace temblar de angustia, de piedad o de amor, estará 
pronto en todas las bocas... 



íTIGMISS 



Pero... ¿es una novela? ¿No se trata de aventuras verídicas y rea- 
les, de una revelación inesperada, de algo cierto y no imaginado? 

tTIGRISI ¡TIGmSI ITIGMIS! 

Su autor, el famosísimo maestro del género 

MARCEL ALLAIN 

que llegó a las cumbres de la popularidad con su celebérrima obra 

FANTOMAS 

se ha superado a sí mismo al escribir 



¡TIGRIS! 



obra de realidad, de audacia, palpitante de pasión, ds vida, miste- 
riosa, incomparable, cuyos derechos de traducción exclusiva para el 
castellano ha adquirido PRENSA MODERNA, que publicará los 25 
VOLÚMENES de que se compone la obra complet» en el término de on 
año, a razón de uno cada quince días y al precio inverosímil de 

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rato en libros de 200 páginas, cuidadosamente 

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TI€?eMISI í^' héroe a quien se ama...